miércoles, 9 de agosto de 2017

Los Muertos algún día regresan. Hace apenas unos cuantos años, en medio de una borrascosa tormenta tormenta de rayos, aire y agua, arribaron a la comunidad a la comunidad de Comala dos señoritas y un joven. Ellos eran compañeros de Jonathan, en la Facultad de Medicina, de la Universidad Autónoma de Guadalajara, y habían sido invitados a pasar unos días de vacaciones, en el pintoresco Pueblo Blanco de América. La tormenta era fuerte, y en su intensidad, los rayos habían ocasionado un desperfecto en la energía eléctrica, por lo que en ese momento, parte de la localidad, se hallaba en la más completa oscuridad. Preguntando por Jonathan de la Madrid, los jóvenes llegaron a la plaza principal de la población, don de un transeúnte, con amplio conocimiento del pueblo y de sus habitantes, les dio las señas precisas, para que arribaran a la casa del amigo que buscaban. Cuando llegaron al lugar señalado, una de las jovencitas se bajó del automóvil en que viajaban y corrió a la marquesina de una casa pintada de blanco, con vivos en color verde tierno, para cubrirse del agua y preguntar por su amigo. Tocó a la puerta y salió una anciana de un poco más de setenta años de edad, que luego de escucharla entre la estrepitosa lluvia, los invitó a pasar a la sala, donde se encontraba un agradable anciano tomando un té con galletas de animalitos. Nosotros somos de Guadalajara – empezó a presentarse el joven- y estamos aquí porque Jonathan nos invitó a pasar unos días en Comala, pero parece que llegamos en un mal momento. Durante el recorrido nos llovió y nos demoramos más de lo que teníamos pensado. Habíamos planeado en nuestro itinerario llegar aquí a las siete de la tarde y ya son las diez de la noche. -No se preocupen –les dijo la anciana- Johny fue a la Ciudad de Colima y no tardará en llegar, acababa yo de hablar con él por teléfono. Me dijo que, si llegaban, les dijese que no tardaba, que estaba esperando a una amigo para que le prestara una tienda de campaña, porque tenía pensado llevar a ustedes a la laguna del calabozo y al templo de Monte Grande. -¿Monte Grande? –preguntó el anciano ¿Y qué van hacer por allá? Esos lugares están inhóspitos y desolados. Les pudiera pasar algo y uno ni cuenta se daría. -Ay Manuel –contestó la anciana- para eso se inventaron los celulares. No le hagan caso muchachos. Como ya está viejo y no puede caminar por esos lugares. Pero cuando era joven, eran sus rumbos. De por allá no salía, persiguiendo rancheritas. Ahora que también podría ser por miedo a que se le aparezcan los fantasmas que habitan en aquella zona. O tal vez los muertos que dicen que están enterrados alrededor del templo de Monte Grande. -Ja j aja- rió el anciano- ¿Miedo yo? ¿Acuérdate vieja que, cuando yo estaba niño, dormía en las tumbas viejas del campo santo!. Andale, apúrate y prende unos aparatos y unas velas, si no estos muchachitos se nos van a asustar con esta oscuridad. -No señor –intervino en la plática una de las muchachas de nombre Karina- Fíjese que no nos asustamos. Bueno, al menos yo no le tengo miedo a los muertos, vivo a un lado del panteón y nunca me he asustado. -¿Has visto alguna vez a un muerto? – preguntó el anciano- ¿O algún fantasma o espíritu? -Manuel, Manuel –interrumpió la anciana- No platiques de esas cosas, que vas a asustar a los jovencitos. -No señora –intervino la otra joven de nombre Mayra- Precisamente, es por eso que hemos venido aquí, Jonathan nos ha contado que por estos rumbos hay muchos lugares donde espantan y nosotros queremos ver cómo son los fantasmas. Bueno, si que los muertos regresan. -Yo creo que al menos ya vieron uno. ¿Cuándo dicen que Johny los invitó a pasa unos días por acá? –preguntó el anciano con el rostro un poco más serio. -Bueno –empezó a decir Carlos-. Hoy es sábado. El lunes. Si el lunes y el martes estuvo con nosotros y fue cuando nos invitó a pasar unos días por acá. Los ancianos se miraron entre sí y luego se acomodaron en el sillón. -Yo creo que Johny les jugó una broma pesada muchachos- dijo la anciana. ¿Broma? – interrogó con la voz y mirada Karina. -Si mi niña. Una broma pesada –dijo la anciana y luego llamó a alguien de nombre Antonio. Segundos después bajó por la escalera un joven vestido completamente de blanco, que se presentó ante los muchachos como Antonio, el hermano menor de Jonathan. -Antonio –dijo el anciano-. Los jóvenes dicen estar aquí porque el lunes pasado tu hermano Johny los invitó a pasar unos días por acá, en el pueblo. -¿Jonathan? –preguntó Antonio frunciendo el entrecejo- A este bato nunca se le quitó lo bromista. -Es lo que pienso- dijo el anciano. -Miren muchachos –empezó a decirles Antonio-. No es que dude de sus palabras, pero yo pienso que fueron objeto de una broma pesada. Tampoco niego la invitación que mi hermano les haya hecho, pero estoy seguro que él no los va a poder acompañar a ningún lado, pues hace apenas un mes que lo acabamos de sepultar. Un silencio sepulcral se formo en toda la sala. Los muchachos se miraron entre sí y empezaron a sentir que un fuerte escalofrío recorría sus espaldas. El chisporroteo de las velas y los mecheros fue lo único que se dejó escuchar por unos segundos entre todos los allí presentes. ¿Cómo era posible? Si hacía apenas cuatro días lo habían visto y hasta habían bromeado con respecto a los muertos. No. Aquello se estaba transparentando en un suceso de lo más tenebroso y escalofriante posible. -Tal vez fue hace más tiempo que mi Johny los invitó, y a ustedes se les olvidó la fecha – dijo la anciana para suavizar un poco el ambiente, que se empezaba a tornar tenso. Los muchachos insistieron en que lunes y el martes pasado lo habían visto, y que estaban verdaderamente sorprendidos del giro que estaban tomando los acontecimientos. -Bueno –dijo la anciana- voy a subir a prepararles las habitaciones para que se acuesten a descansar, ya mañana Dios dirá. Ustedes decidirán si se quedan a pasar unos días con nosotros, o se van. A lo mejor viene mi muchachito a visitarnos. Ustedes dicen que ya lo vieron y que no le temen a los muertos, entonces no creo que haya problema. ¡Manuel, ven para que me ayudes a preparar las recámaras y tú, Antonio ve a la tienda a comprar leche y pan para darles su merienda a los jóvenes! Ahorita regresamos muchachos. No se preocupen y siéntanse como en su casa. Cuando los ancianos subieron y Antonio se fue en busca de la leche y el pan, los amigos empezaron a conjeturar entre ellos, tratando de encontrar un razonamiento lógico que les ayudara a comprender lo que estaba sucediendo. Partiendo del hecho real y lógico de que habían visto a su amigo unos días antes, cabía la posibilidad, como los abuelos lo señalaban, de que se les hubiese aparecido después de muerto para hacerles la última de sus bromas. Pero ¿Para qué hacerlos venir a Comala, si al iniciar el próximo semestre, él no iba a regresar y entonces se abrían dado cuenta de que había muerto? En medio de un visible y abrumador temblor, que no podían controlar, las dos chicas se tocaban los brazos tratando de darse calor, para disimular el frío que a cada momento se incrementaba más y les hacía castañear los dientes. -Esto no me está gustando nada –dijo Karina- yo creo que mejor nos vamos. Siento que con todo lo que nos han contado, no podría dormir en esta casa. La mera verdad, ya me asusté. -Si Carlos –afirmó Mayra- mejor nos vamos. No importa que durmamos en el carro. Por ahí nos paramos en una una gasolinera. -¿Cómo que vámonos? Dijo Carlos fanfarroneando con una valentía que estaba lejos de abrigar, pues al igual que las chicas empezaba a sentir que algo no estaba funcionando, pero no quería quedar mal ante sus amigas-. Ustedes fueron las de la gran idea, de venir a ver fantasmas a Comala. Discutían la decisión de quedarse o partir cuando de pronto se escuchó que alguien trataba de abrir la puerta desde la calle. Los tres miraron hacia la puerta, esperando ver a Antonio que regresaba con la leche y el pan, pero no. Los que entraron fueron una pareja de señores como de cuarenta años de edad, que traían de la mano a una niña de ocho años. Los jóvenes se vieron extrañados al ver que no era Antonio quien entraba, pero más sorprendidos se mostraron los recién llegados, que rápidamente preguntaron: -¿Quiénes son ustedes y que hacen aquí? –preguntó el señor, mientras la señora abrazaba a la pequeña y veía con verdadera sorpresa a los tres jóvenes sentados en la sala de su casa. -Nosotros somos amigos de Jonathan –adelantó a contestar Carlos. -¿Cuál Jonathan? –preguntó el señor. Aquí no vive ningún Jonathan. -Jonathan de la Madrid Ceballos –dijo Mayra, elevando una sonrisa amistosa. -No, señorita –volvió a decir el señor, en un tono más molesto-. Aquí no vive ninguna persona con ese nombre, y me van explicando cómo entraron a esta casa, y qué es lo que buscan, si no en este momento, le hablo a la policía, para que se los lleve a la cárcel. Están ustedes dentro de nuestra propiedad sin nuestro consentimiento. Y lo que es peor, sin saber cuándo, cómo, ni a qué han entrado. -Déjeme que le explique –intervino Carlos un poco preocupado, pues se empezaba a dar cuenta que las cosas estaban tomando un giro nada bueno para ellos, Como bueno exponentes, los muchachos narraron a los recién llegados, que resultaron ser los dueños de la casa, todo cuanto le habían contado a la pareja de ancianos y a Antonio. También les dijeron de su llegada a Comala y de cómo la anciana los invitó a pasar; y que apenas se acababan de enterar de la muerte de su amigo Jonathan. -Pues miren muchachos- dijo el dueño de la casa luego de escucharlos muy atentamente- Váyanse buscando otra historia, porque si no, yo creo que esta noche se la van a pasar en la cárcel. En segundo lugar, aquí no viven ningunos ancianos, y en tercer lugar ignoramos quién sea el tan Antonio que dicen fue por el pan y la leche. -Señor –dijo Karina segura de su comentario-. Le juro que decimos la verdad. Los ancianos están arriba arreglando las camas, llámeles y se dará cuenta de que no mentimos. Ante la insistencia con que los jóvenes aseguraban que los ancianos se encontraban en la parte de arriba, el dueño de la casa subió con ellos a la segunda planta, para que con sus propios ojos, se dieran cuenta de que ahí no había nadie más. Y así fue en efecto. Subieron, registraron todos los rincones y no encontraron a nadie. -¡No es posible! –exclamó Carlos con la angustia y el terror dibujado en su rostro- Le juro señor que hace apenas unos minutos los ancianos y el muchacho estaban platicando con nosotros. Bueno, pues ya se dieron cuenta que aquí no vive nadie más, aparte de nosotros –dijo el señor de la casa- Así que se me van largando, y se llevan a sus fantasmas con ustedes. Desconcertados y con el terror invadiéndoles cada centímetro cuadrado de sus cuerpos, los muchachos abandonaron la casa. Afuera la oscuridad era completa y el frío calaba los huesos. Tomaron su automóvil y salieron en medio de aquella estruendosa tormenta, que no permitía ver por el parabrisas, más allá de tres o cuatro metros. Estaban apenas saliendo de la población de Comala, cuando dentro del mismo vehículo en que viajaban se escuchó una estrepitosa carcajada, que los hizo palidecer y salir aterrorizados, en frenética carrera:- ja ja ja ja ja ja ja! Abandonaron el automóvil y esperaron esperaron en la gasolinera que está en las afueras de la comunidad. Desde allí pidieron un aventón a la Ciudad de Colima, de donde se fueron a Guadalajara para no regresar nunca jamás. El más bromista de sus compañeros, les había jugado la última de sus bromas, dejando bien asentado, que los muertos….. Algún día regresan. *Cuando las ánimas espantan, relatos de misterios, suspenso y terror. Arturo Cuevas Aguilar. August 09, 2017 at 10:45AM


Colima Antiguo http://ift.tt/2vjpTlf Los Muertos algún día regresan. Hace apenas unos cuantos años, en medio de una borrascosa tormenta tormenta de rayos, aire y agua, arribaron a la comunidad a la comunidad de Comala dos señoritas y un joven. Ellos eran compañeros de Jonathan, en la Facultad de Medicina, de la Universidad Autónoma de Guadalajara, y habían sido invitados a pasar unos días de vacaciones, en el pintoresco Pueblo Blanco de América. La tormenta era fuerte, y en su intensidad, los rayos habían ocasionado un desperfecto en la energía eléctrica, por lo que en ese momento, parte de la localidad, se hallaba en la más completa oscuridad. Preguntando por Jonathan de la Madrid, los jóvenes llegaron a la plaza principal de la población, don de un transeúnte, con amplio conocimiento del pueblo y de sus habitantes, les dio las señas precisas, para que arribaran a la casa del amigo que buscaban. Cuando llegaron al lugar señalado, una de las jovencitas se bajó del automóvil en que viajaban y corrió a la marquesina de una casa pintada de blanco, con vivos en color verde tierno, para cubrirse del agua y preguntar por su amigo. Tocó a la puerta y salió una anciana de un poco más de setenta años de edad, que luego de escucharla entre la estrepitosa lluvia, los invitó a pasar a la sala, donde se encontraba un agradable anciano tomando un té con galletas de animalitos. Nosotros somos de Guadalajara – empezó a presentarse el joven- y estamos aquí porque Jonathan nos invitó a pasar unos días en Comala, pero parece que llegamos en un mal momento. Durante el recorrido nos llovió y nos demoramos más de lo que teníamos pensado. Habíamos planeado en nuestro itinerario llegar aquí a las siete de la tarde y ya son las diez de la noche. -No se preocupen –les dijo la anciana- Johny fue a la Ciudad de Colima y no tardará en llegar, acababa yo de hablar con él por teléfono. Me dijo que, si llegaban, les dijese que no tardaba, que estaba esperando a una amigo para que le prestara una tienda de campaña, porque tenía pensado llevar a ustedes a la laguna del calabozo y al templo de Monte Grande. -¿Monte Grande? –preguntó el anciano ¿Y qué van hacer por allá? Esos lugares están inhóspitos y desolados. Les pudiera pasar algo y uno ni cuenta se daría. -Ay Manuel –contestó la anciana- para eso se inventaron los celulares. No le hagan caso muchachos. Como ya está viejo y no puede caminar por esos lugares. Pero cuando era joven, eran sus rumbos. De por allá no salía, persiguiendo rancheritas. Ahora que también podría ser por miedo a que se le aparezcan los fantasmas que habitan en aquella zona. O tal vez los muertos que dicen que están enterrados alrededor del templo de Monte Grande. -Ja j aja- rió el anciano- ¿Miedo yo? ¿Acuérdate vieja que, cuando yo estaba niño, dormía en las tumbas viejas del campo santo!. Andale, apúrate y prende unos aparatos y unas velas, si no estos muchachitos se nos van a asustar con esta oscuridad. -No señor –intervino en la plática una de las muchachas de nombre Karina- Fíjese que no nos asustamos. Bueno, al menos yo no le tengo miedo a los muertos, vivo a un lado del panteón y nunca me he asustado. -¿Has visto alguna vez a un muerto? – preguntó el anciano- ¿O algún fantasma o espíritu? -Manuel, Manuel –interrumpió la anciana- No platiques de esas cosas, que vas a asustar a los jovencitos. -No señora –intervino la otra joven de nombre Mayra- Precisamente, es por eso que hemos venido aquí, Jonathan nos ha contado que por estos rumbos hay muchos lugares donde espantan y nosotros queremos ver cómo son los fantasmas. Bueno, si que los muertos regresan. -Yo creo que al menos ya vieron uno. ¿Cuándo dicen que Johny los invitó a pasa unos días por acá? –preguntó el anciano con el rostro un poco más serio. -Bueno –empezó a decir Carlos-. Hoy es sábado. El lunes. Si el lunes y el martes estuvo con nosotros y fue cuando nos invitó a pasar unos días por acá. Los ancianos se miraron entre sí y luego se acomodaron en el sillón. -Yo creo que Johny les jugó una broma pesada muchachos- dijo la anciana. ¿Broma? – interrogó con la voz y mirada Karina. -Si mi niña. Una broma pesada –dijo la anciana y luego llamó a alguien de nombre Antonio. Segundos después bajó por la escalera un joven vestido completamente de blanco, que se presentó ante los muchachos como Antonio, el hermano menor de Jonathan. -Antonio –dijo el anciano-. Los jóvenes dicen estar aquí porque el lunes pasado tu hermano Johny los invitó a pasar unos días por acá, en el pueblo. -¿Jonathan? –preguntó Antonio frunciendo el entrecejo- A este bato nunca se le quitó lo bromista. -Es lo que pienso- dijo el anciano. -Miren muchachos –empezó a decirles Antonio-. No es que dude de sus palabras, pero yo pienso que fueron objeto de una broma pesada. Tampoco niego la invitación que mi hermano les haya hecho, pero estoy seguro que él no los va a poder acompañar a ningún lado, pues hace apenas un mes que lo acabamos de sepultar. Un silencio sepulcral se formo en toda la sala. Los muchachos se miraron entre sí y empezaron a sentir que un fuerte escalofrío recorría sus espaldas. El chisporroteo de las velas y los mecheros fue lo único que se dejó escuchar por unos segundos entre todos los allí presentes. ¿Cómo era posible? Si hacía apenas cuatro días lo habían visto y hasta habían bromeado con respecto a los muertos. No. Aquello se estaba transparentando en un suceso de lo más tenebroso y escalofriante posible. -Tal vez fue hace más tiempo que mi Johny los invitó, y a ustedes se les olvidó la fecha – dijo la anciana para suavizar un poco el ambiente, que se empezaba a tornar tenso. Los muchachos insistieron en que lunes y el martes pasado lo habían visto, y que estaban verdaderamente sorprendidos del giro que estaban tomando los acontecimientos. -Bueno –dijo la anciana- voy a subir a prepararles las habitaciones para que se acuesten a descansar, ya mañana Dios dirá. Ustedes decidirán si se quedan a pasar unos días con nosotros, o se van. A lo mejor viene mi muchachito a visitarnos. Ustedes dicen que ya lo vieron y que no le temen a los muertos, entonces no creo que haya problema. ¡Manuel, ven para que me ayudes a preparar las recámaras y tú, Antonio ve a la tienda a comprar leche y pan para darles su merienda a los jóvenes! Ahorita regresamos muchachos. No se preocupen y siéntanse como en su casa. Cuando los ancianos subieron y Antonio se fue en busca de la leche y el pan, los amigos empezaron a conjeturar entre ellos, tratando de encontrar un razonamiento lógico que les ayudara a comprender lo que estaba sucediendo. Partiendo del hecho real y lógico de que habían visto a su amigo unos días antes, cabía la posibilidad, como los abuelos lo señalaban, de que se les hubiese aparecido después de muerto para hacerles la última de sus bromas. Pero ¿Para qué hacerlos venir a Comala, si al iniciar el próximo semestre, él no iba a regresar y entonces se abrían dado cuenta de que había muerto? En medio de un visible y abrumador temblor, que no podían controlar, las dos chicas se tocaban los brazos tratando de darse calor, para disimular el frío que a cada momento se incrementaba más y les hacía castañear los dientes. -Esto no me está gustando nada –dijo Karina- yo creo que mejor nos vamos. Siento que con todo lo que nos han contado, no podría dormir en esta casa. La mera verdad, ya me asusté. -Si Carlos –afirmó Mayra- mejor nos vamos. No importa que durmamos en el carro. Por ahí nos paramos en una una gasolinera. -¿Cómo que vámonos? Dijo Carlos fanfarroneando con una valentía que estaba lejos de abrigar, pues al igual que las chicas empezaba a sentir que algo no estaba funcionando, pero no quería quedar mal ante sus amigas-. Ustedes fueron las de la gran idea, de venir a ver fantasmas a Comala. Discutían la decisión de quedarse o partir cuando de pronto se escuchó que alguien trataba de abrir la puerta desde la calle. Los tres miraron hacia la puerta, esperando ver a Antonio que regresaba con la leche y el pan, pero no. Los que entraron fueron una pareja de señores como de cuarenta años de edad, que traían de la mano a una niña de ocho años. Los jóvenes se vieron extrañados al ver que no era Antonio quien entraba, pero más sorprendidos se mostraron los recién llegados, que rápidamente preguntaron: -¿Quiénes son ustedes y que hacen aquí? –preguntó el señor, mientras la señora abrazaba a la pequeña y veía con verdadera sorpresa a los tres jóvenes sentados en la sala de su casa. -Nosotros somos amigos de Jonathan –adelantó a contestar Carlos. -¿Cuál Jonathan? –preguntó el señor. Aquí no vive ningún Jonathan. -Jonathan de la Madrid Ceballos –dijo Mayra, elevando una sonrisa amistosa. -No, señorita –volvió a decir el señor, en un tono más molesto-. Aquí no vive ninguna persona con ese nombre, y me van explicando cómo entraron a esta casa, y qué es lo que buscan, si no en este momento, le hablo a la policía, para que se los lleve a la cárcel. Están ustedes dentro de nuestra propiedad sin nuestro consentimiento. Y lo que es peor, sin saber cuándo, cómo, ni a qué han entrado. -Déjeme que le explique –intervino Carlos un poco preocupado, pues se empezaba a dar cuenta que las cosas estaban tomando un giro nada bueno para ellos, Como bueno exponentes, los muchachos narraron a los recién llegados, que resultaron ser los dueños de la casa, todo cuanto le habían contado a la pareja de ancianos y a Antonio. También les dijeron de su llegada a Comala y de cómo la anciana los invitó a pasar; y que apenas se acababan de enterar de la muerte de su amigo Jonathan. -Pues miren muchachos- dijo el dueño de la casa luego de escucharlos muy atentamente- Váyanse buscando otra historia, porque si no, yo creo que esta noche se la van a pasar en la cárcel. En segundo lugar, aquí no viven ningunos ancianos, y en tercer lugar ignoramos quién sea el tan Antonio que dicen fue por el pan y la leche. -Señor –dijo Karina segura de su comentario-. Le juro que decimos la verdad. Los ancianos están arriba arreglando las camas, llámeles y se dará cuenta de que no mentimos. Ante la insistencia con que los jóvenes aseguraban que los ancianos se encontraban en la parte de arriba, el dueño de la casa subió con ellos a la segunda planta, para que con sus propios ojos, se dieran cuenta de que ahí no había nadie más. Y así fue en efecto. Subieron, registraron todos los rincones y no encontraron a nadie. -¡No es posible! –exclamó Carlos con la angustia y el terror dibujado en su rostro- Le juro señor que hace apenas unos minutos los ancianos y el muchacho estaban platicando con nosotros. Bueno, pues ya se dieron cuenta que aquí no vive nadie más, aparte de nosotros –dijo el señor de la casa- Así que se me van largando, y se llevan a sus fantasmas con ustedes. Desconcertados y con el terror invadiéndoles cada centímetro cuadrado de sus cuerpos, los muchachos abandonaron la casa. Afuera la oscuridad era completa y el frío calaba los huesos. Tomaron su automóvil y salieron en medio de aquella estruendosa tormenta, que no permitía ver por el parabrisas, más allá de tres o cuatro metros. Estaban apenas saliendo de la población de Comala, cuando dentro del mismo vehículo en que viajaban se escuchó una estrepitosa carcajada, que los hizo palidecer y salir aterrorizados, en frenética carrera:- ja ja ja ja ja ja ja! Abandonaron el automóvil y esperaron esperaron en la gasolinera que está en las afueras de la comunidad. Desde allí pidieron un aventón a la Ciudad de Colima, de donde se fueron a Guadalajara para no regresar nunca jamás. El más bromista de sus compañeros, les había jugado la última de sus bromas, dejando bien asentado, que los muertos….. Algún día regresan. *Cuando las ánimas espantan, relatos de misterios, suspenso y terror. Arturo Cuevas Aguilar.

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