miércoles, 19 de septiembre de 2018

Breves crónicas de un capitalino sobre el 19S.

Texto: Javier Basurto.
Iglesia dañada por el sismo del 19S.


Uno de los mayores recuerdos de mi vida godín fue en 2015. Estaba con mi jefa y mi mejor amigo comiendo en uno de los más de diez pisos que tenía el corporativo y de pronto empezó a temblar. Mi jefa se puso muy alterada mientras yo la juzgaba por no saber controlarse. Después nos explicó que su miedo provenía de 30 años atrás, en 1985. Es que así dicen muchos: “ya ves lo del 85”, “¿dónde te agarró en el 85?”, “¿qué edad tenías cuando lo del 85?”. 

Yo no había nacido y por eso no comprendía el miedo que pudo sentir mi jefa.

Un dia todo cambia y lo entiendes. A la mala. Y es que si hablamos de coincidencias uno puede pensar cuando te tocó en el mismo salón que tu mejor amigo en quinto de primaria; que a tu novia y a ti no les guste el chocolate, o que hayas encontrado en adopción al perro que tanto quisiste. Sin embargo, la enorme coincidencia pasa a ser simple casualidad cuando el 19 de septiembre de 2017, exactamente a 32 años del gran terremoto de 8.1 grados en 1985, vuelve a temblar. Un enorme deja vú, ¿cierto?

 ¡Vivan estos héroes! Foto: @majamoran_


La mayoría de nosotros, los millennials, experimentamos por primera vez ese sentido de angustia. Entendimos tarde los muchos simulacros en los que aprovechamos para sÍ correr, sÍ gritar y sÍ empujar, como si fuera un juego. Aunque hace un año exactamente también aprendimos a hacer equipo, a movilizarnos en conjunto, a ver por el ajeno, a utilizar las redes sociales con un fin verdadero, no solo para compartir la fiesta del fin de semana. Ese 19 de septiembre, de hace 12 meses, salimos a las calles a ofrecer una mano, comida, ropa, medicina o a simplemente detener nuestros pasos y ser empáticos con el otro, con esa persona que probablemente nunca habíamos volteado a ver. 




Es triste, dicen algunos, que solo en momentos así vean a una sociedad unida; “se les va a pasar, como todas las modas”, dicen otros por ahí. Entiendo de dónde vienen esas etiquetas e incluso las acepto. Somos una generación que se caracteriza por su incongruencia entre querer salvar al planeta y enojarnos por no tener mas likes en nuestra nueva foto de instagram. 

19 de septiembre de 2017, 13:14:40 horas: 


Un sismo de magnitud 7.1 grados azotó la Ciudad de México. 

19 de septiembre, dos horas después:


“Amigos, está muy feo esto, hay dos edificios tirados aquí sobre Gabriel Mancera, Concepción Béistegui e Eugenia; voy a correr, a llevar unas cosas a casa de Javi y de ahí me regreso a ayudar”: mandó un amigo a un grupo de WhatsApp.

ciclistas se organizan para repartir víveres. 

La ciudad paralizada; sonidos de ambulancias por todos lados; gente haciendo peatonales las calles; “dejen de fumar que puede haber fugas”, “puño significa silencio”, “necesitamos más picos y cubetas”, “se acaba de caer otro en la del valle, ya tenemos suficientes manos”, se escuchaba por las calles; “esa información es falsa, actualicen todo con fecha y hora”, se leía en redes, “guarden la calma, vayan a descansar que necesitaremos ayuda mañana”, decían los cuerpos de rescate.

Centro de acopio.

Luego, intentar dormir. Tener una mochila a la mano con lo indispensable; tus documentos, una linterna, comida, agua, medicinas. Despertar a cada rato, o bien soñar con lo que viviste pero peor, mucho peor. Amanecer al día siguiente y ver que los edificios caídos han aumentado, que los daños siguen y que si bien la ayuda es muchísima en la ciudad, hay comunidades a las que no les ha llegado nada. También, malas noticias dentro de las malas noticias: te llega el mensaje de que alguien que intentó ir a Jojutla, en Morelos, fue interceptado en la carretera y le quitaron la ayuda para los damnificados. 

Confías y desconfías de la misma forma en la que el miedo va y viene a ti. Has agudizado mucho más tu sentido de escucha en las últimas 24 horas que en toda tu vida.

Ahora, el pánico o la crisis postraumática, como te lo dice algún doctor. Sabes, gracias a tu amiga arquitecta, que la gente está asustada por una pequeña grieta en su departamento. Por otro lado te enteras que la gente no se da abasto para darle calma a todas las personas que quieren que sus departamentos se revisen minuciosamente. ¿Cómo los culparías después de lo vivido?

Poco a poco la ciudad empieza a tener un respiro, las cifras oficiales de muertes no han aumentado, la gente ha regresado a sus trabajos y sientes que la ayuda ciudadana ha dado todo lo que tenía que dar. 

Mas no así la ayuda de las autoridades.

19 de septiembre, 365 días después:

Hoy, a un año de lo sucedido aún sabemos de muchos lugares donde la ayuda pareciera no haber llegado, como es el caso de San Gregorio, en Xochimilco, y sus más de 1,000 viviendas que fueron afectadas; o en Juchitán, municipio de Oaxaca, donde hoy en día los niños siguen tomando clases en aulas dañadas, a temperaturas de entre 36 y 43 grados.

En tu diario caminar siempre ves el edificio azul que pareciera sostenerse de milagro y no entiendes qué hace aún ahí agobiando a todo el que pasa frente a él. Lo ves vacío, con enormes grietas y piensas en la gente que lo habitaba: ¿dónde estarán? ¿cómo estarán? ¿recibieron ayuda del gobierno?

Cada quien tiene historias cercanas donde la ayuda ciudadana hizo la diferencia y algunas otras donde la ineficiencia de las autoridades sigue siendo la principal queja.

El remate.

Así que hoy escribo esto para que sea un remanente de como cambió para muchos de nosotros el 19 de septiembre de 2017 y que no se nos olvide. Que no solo nos sirva de pánico escuchar un sonido y creer que es la temida alerta sísmica, que no solo hagamos memes de “ya llegó septiembre, recuerda dormir vestido”. No necesitemos conmemorar un día trágico para conectar con el vecino, para ofrecer nuestra ayuda, para sensibilizarnos de lo que nos rodea, para ser EMPÁTICO. 

Esto, querido y temido 19 de septiembre, me dejaste tú a mí. 

Ahora sí, para terminar, una reflexión de Emilio Viale, para El Universal:


Texto: Javier Basurto
Twitter: @Javier_Basurto


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