lunes, 1 de octubre de 2018

LOS SERMONES DEL PADRE PRECIADO Menudo de cuerpo, de facciones reveladoras de su tendencia indígena, cobrizo el color, negras y pobladas cejas, hirsuto el pelo y blanca la dentadura, siempre visible en la cordial sonrisa, pronto de movimientos, resuelto el ánimo, la palabra fácil y el ademán enérgico, constituía el Padre J. Inés Preciado, una personalidad verdaderamente atrayente, cuando se hizo cargo de la Parroquia de la Sangre de Cristo, allá, por los revolucionarios tiempos de 1915, en que nadie sabia si al recogerse por la noche, bajo el dominio de los "Carrancistas", despertaría aún en su poder o en el de los temibles guerrilleros de Francisco Villa. Por aquella época, la plazuela de la Sangre dc Cristo era el centro comercial, al que convergían los populosos barrios de la Campana, Las Siete Esquinas, El Gigante y Las Siete Naciones y hasta los “malditos" del Venado y del Cuajiote lo frecuentaban, ya fuera para requebrar a las muchachas que salían de la “Hora Santa”, preocupadas y contritas por el sermón del Padre Preciado, o para saborear un plato del insustituible pozole de "La Chata", que desde las cinco dc la tarde instalaba su petitoso comercio frente a la esquina de ”Don Nica", el panzón bien humorado y decidor carnicero que tenía su establecimiento cn la esquina donde ahora se encuentra el Mercado Álvaro Obregón. La vida intensa de ese barrio, cuya plazuela era de paso forzoso para la rancherada de La Estancia, Buenavista, El Diezmo, El Cóbano, El Parián, San Joaquín, San Gerónimo y Tonila, proporcionaba gran significación a la vetusta ¡glesíta, que destacaba su única torre de cuerpo cuadrangular y remate piramidal, enmarcádose entre dos palmeras tropicales. Desde la primera vez que el Padre Preciado subió al púlpito, la feligresia supo a qué atenerse respecto a la severidad de aquel nuevo párroco que sabía y gustaba de llamar a las cosas por su nombre. En cierta ocasión, en que se celebraba el tradicional "novenario" el Padre riñó a sus fieles por escatimarle su ayuda económica para darle brillantez a las funciones religiosas. “Yo no les pido ningún dinero para mi - les decía- porque no lo necesito, ni sabría que hacer con él, ya que mi ministerio es de humildad y de pobreza. Con un mal catre, un poco de alimento y dos o tres mudas de ropa, tengo lo suficiente para subsistir; Pero, no sienten vergüenza de la miseria con que estamos honrando la preciosa Sangre de Cristo, que ha dado su nombre a este templo? Ya sé que no hay millonarios entre ustedes, pero con “un poco de buena voluntad, podríamos poner decoro en nuestras ceremonias. ¿Saben ustedes con cuánto me ayudó don Vidal Llerenas? Con veinte pesos. Y saben cuánto me mandó ayer don Felipe Fernández? Pues veinticinco pesos. Y el Ingeniero Gamiochipi, nada, porque él es liberal y los liberales no pueden ayudar a Dios, aún cuando tengan necesidad de que Dios, les ayude. Qué voy ha hacer para pagar la pólvora y los cantores, y la orquesta y las flores y todos los demás gastos? Pero eso si, aquí los tienen ustedes muy orundos y satisfechos, seguros de haberse comprado un campito de cielo. Y lo curioso del caso era que, efectivamente, ,los mencionados, que eran de los vecinos más relevantes del barrio, se hallaban dentro del templo, escuchando el sabroso sermón, como resultado del cual, le mandaron al Padre, esa misma tarde, una elocuente vindicación económica. En otra ocasión, dirigía al Padre su acostumbrado rosario, cuando una tropa de revolucionarios hizo su entrada por ese rumbo. El tropel de los caballos y los gritos de los jinetes distrajeron y atemorizaron a los fieles, lo que molestó mucho al Sacerdote, al grado de interrumpir el rezo de una Ave María, para empezar uno de sus acostumbrádos regaños- ¿Qué es lo que tanto les preocupa? ¡ El Argüende! ¡Nada más que el argüende! Ya se les hace tarde salir a la puerta para mirar a esos mugrosos. Por qué no lo hacen? Sería eso mejor que seguir con un ojo al gato y otro al 'garabato, y que Dios me perdone la comparación, porque aquí no hay más gato que yo. Gato flaco y mal genioso. Cuando se viene a la Iglesia, es para rezar a Dios, para guardar atención y recogimiento y no estar como pericos repitiendo padres nuestros y aves marias, sin saber lo que dicen, porque están pendientes de los roba-vacas que pasan. Una mañana de primavera, se celebró en la iglesita el matrimonio de dos conocidas personas del barrio. Se adornaron las paredes con guías de flores y se colgaoron del techo numerosas jaulas con canarios cantadores; el Padre recibió a los novios desde la puerta del templo y los introdujo hasta el altar, donde ofició la ceremonia. Después de leerles la célebre epístola de San Pablo, agregó de su cosecha: - Quisiera asegurar a ustedes una felicidad de por vida, pero me limito a deseárselas, porque no hay dicha matrimonial, sin que en ella intervengan el pudor en la mujer y la prudencia en el hombre, pero ¿qué pucde esperarse de ustedes, si tú, la novia, vienes al templo con un vestido que resultaría más propio para bañarte que para casarte y tú, el novio, fanfarrón y fachendoso, tuviste que hacer Dios sabe cuántas trácalas, para pagar el alquiler de todas esas carretelas y el costoso arreglo del templo? Y todo para que la gente diga: ¡qué bonita la novia. Miren que bien formada cs!- y ¡Qué rumboso el novio. Traje en coche hasta al bolero de la esquina!. . . Un matrimonio es una ceremonia religiosa, un acto sagrado, no un espectáculo de pastorela. Aún cuando parezca contradictorio, el genio vivo del Padre Preciado y su admirable facilidad para decir las cosas difíciles, le conquistaron generales simpatías. Sus fieles aumentaban a diario, acudiendo a los servicios religiosos interesados en escuchar sus sermones y se mostraban pródigos con sus limosnas, sabiendo que estaban destinadas a socorrer indigentes, curar enfermos y amparar niños desvalidos. Su naturaleza exigua, se resintió bien pronto del trabajo intenso a que vivia sujeto el sacerdote, quien nunca llegó a preocuparse por atender sus enfermedades, que culminaron en una tuberculosis incurable, de la que falleció en plena juventud y en plena actividad. Los viejos superviaientes de aquella parroquia, lo recuerdan con devoción y cariño. Manuel Sánchez Silva. Viñetas de la Provincia. Imagen: Foto-postal Ca. 1915 Arq Miguel Villalpando October 01, 2018 at 01:33PM


Colima Antiguo https://ift.tt/2NYAddl LOS SERMONES DEL PADRE PRECIADO Menudo de cuerpo, de facciones reveladoras de su tendencia indígena, cobrizo el color, negras y pobladas cejas, hirsuto el pelo y blanca la dentadura, siempre visible en la cordial sonrisa, pronto de movimientos, resuelto el ánimo, la palabra fácil y el ademán enérgico, constituía el Padre J. Inés Preciado, una personalidad verdaderamente atrayente, cuando se hizo cargo de la Parroquia de la Sangre de Cristo, allá, por los revolucionarios tiempos de 1915, en que nadie sabia si al recogerse por la noche, bajo el dominio de los "Carrancistas", despertaría aún en su poder o en el de los temibles guerrilleros de Francisco Villa. Por aquella época, la plazuela de la Sangre dc Cristo era el centro comercial, al que convergían los populosos barrios de la Campana, Las Siete Esquinas, El Gigante y Las Siete Naciones y hasta los “malditos" del Venado y del Cuajiote lo frecuentaban, ya fuera para requebrar a las muchachas que salían de la “Hora Santa”, preocupadas y contritas por el sermón del Padre Preciado, o para saborear un plato del insustituible pozole de "La Chata", que desde las cinco dc la tarde instalaba su petitoso comercio frente a la esquina de ”Don Nica", el panzón bien humorado y decidor carnicero que tenía su establecimiento cn la esquina donde ahora se encuentra el Mercado Álvaro Obregón. La vida intensa de ese barrio, cuya plazuela era de paso forzoso para la rancherada de La Estancia, Buenavista, El Diezmo, El Cóbano, El Parián, San Joaquín, San Gerónimo y Tonila, proporcionaba gran significación a la vetusta ¡glesíta, que destacaba su única torre de cuerpo cuadrangular y remate piramidal, enmarcádose entre dos palmeras tropicales. Desde la primera vez que el Padre Preciado subió al púlpito, la feligresia supo a qué atenerse respecto a la severidad de aquel nuevo párroco que sabía y gustaba de llamar a las cosas por su nombre. En cierta ocasión, en que se celebraba el tradicional "novenario" el Padre riñó a sus fieles por escatimarle su ayuda económica para darle brillantez a las funciones religiosas. “Yo no les pido ningún dinero para mi - les decía- porque no lo necesito, ni sabría que hacer con él, ya que mi ministerio es de humildad y de pobreza. Con un mal catre, un poco de alimento y dos o tres mudas de ropa, tengo lo suficiente para subsistir; Pero, no sienten vergüenza de la miseria con que estamos honrando la preciosa Sangre de Cristo, que ha dado su nombre a este templo? Ya sé que no hay millonarios entre ustedes, pero con “un poco de buena voluntad, podríamos poner decoro en nuestras ceremonias. ¿Saben ustedes con cuánto me ayudó don Vidal Llerenas? Con veinte pesos. Y saben cuánto me mandó ayer don Felipe Fernández? Pues veinticinco pesos. Y el Ingeniero Gamiochipi, nada, porque él es liberal y los liberales no pueden ayudar a Dios, aún cuando tengan necesidad de que Dios, les ayude. Qué voy ha hacer para pagar la pólvora y los cantores, y la orquesta y las flores y todos los demás gastos? Pero eso si, aquí los tienen ustedes muy orundos y satisfechos, seguros de haberse comprado un campito de cielo. Y lo curioso del caso era que, efectivamente, ,los mencionados, que eran de los vecinos más relevantes del barrio, se hallaban dentro del templo, escuchando el sabroso sermón, como resultado del cual, le mandaron al Padre, esa misma tarde, una elocuente vindicación económica. En otra ocasión, dirigía al Padre su acostumbrado rosario, cuando una tropa de revolucionarios hizo su entrada por ese rumbo. El tropel de los caballos y los gritos de los jinetes distrajeron y atemorizaron a los fieles, lo que molestó mucho al Sacerdote, al grado de interrumpir el rezo de una Ave María, para empezar uno de sus acostumbrádos regaños- ¿Qué es lo que tanto les preocupa? ¡ El Argüende! ¡Nada más que el argüende! Ya se les hace tarde salir a la puerta para mirar a esos mugrosos. Por qué no lo hacen? Sería eso mejor que seguir con un ojo al gato y otro al 'garabato, y que Dios me perdone la comparación, porque aquí no hay más gato que yo. Gato flaco y mal genioso. Cuando se viene a la Iglesia, es para rezar a Dios, para guardar atención y recogimiento y no estar como pericos repitiendo padres nuestros y aves marias, sin saber lo que dicen, porque están pendientes de los roba-vacas que pasan. Una mañana de primavera, se celebró en la iglesita el matrimonio de dos conocidas personas del barrio. Se adornaron las paredes con guías de flores y se colgaoron del techo numerosas jaulas con canarios cantadores; el Padre recibió a los novios desde la puerta del templo y los introdujo hasta el altar, donde ofició la ceremonia. Después de leerles la célebre epístola de San Pablo, agregó de su cosecha: - Quisiera asegurar a ustedes una felicidad de por vida, pero me limito a deseárselas, porque no hay dicha matrimonial, sin que en ella intervengan el pudor en la mujer y la prudencia en el hombre, pero ¿qué pucde esperarse de ustedes, si tú, la novia, vienes al templo con un vestido que resultaría más propio para bañarte que para casarte y tú, el novio, fanfarrón y fachendoso, tuviste que hacer Dios sabe cuántas trácalas, para pagar el alquiler de todas esas carretelas y el costoso arreglo del templo? Y todo para que la gente diga: ¡qué bonita la novia. Miren que bien formada cs!- y ¡Qué rumboso el novio. Traje en coche hasta al bolero de la esquina!. . . Un matrimonio es una ceremonia religiosa, un acto sagrado, no un espectáculo de pastorela. Aún cuando parezca contradictorio, el genio vivo del Padre Preciado y su admirable facilidad para decir las cosas difíciles, le conquistaron generales simpatías. Sus fieles aumentaban a diario, acudiendo a los servicios religiosos interesados en escuchar sus sermones y se mostraban pródigos con sus limosnas, sabiendo que estaban destinadas a socorrer indigentes, curar enfermos y amparar niños desvalidos. Su naturaleza exigua, se resintió bien pronto del trabajo intenso a que vivia sujeto el sacerdote, quien nunca llegó a preocuparse por atender sus enfermedades, que culminaron en una tuberculosis incurable, de la que falleció en plena juventud y en plena actividad. Los viejos superviaientes de aquella parroquia, lo recuerdan con devoción y cariño. Manuel Sánchez Silva. Viñetas de la Provincia. Imagen: Foto-postal Ca. 1915 Arq Miguel Villalpando

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