jueves, 10 de agosto de 2017

Alejandro Rangel Hidalgo, maestro colimense. #Cultura ¿Qué opinas de este artículo de México desconocido?





Como un Merlín fabuloso enclaustrado en su estudio y en su viudez, el hacedor produce sus escasos pero siempre eficaces sortilegios. Nada hay más ajeno a su índole que la prolija exhibición anual de tantos aspirantes. Él no busca la publicidad. Su presa es otra: la insólita, elusiva y, para otros mortales, invisible instancia de la perfección.
Paréntesis. Estando en Amberes en 1995, en compañía del gran amigo Heriberto Galindo y su esposa Maricarmen, quise ver una vez más el retablo de los Van Eyck, La Adoración del Cordero, en Gante. “Sólo hay dos pintores perfectos”, pontifiqué, “Van Eyck y Mondrian”. “Y Rangel Hidalgo”, interpuso Heriberto al instante.
Lo platico porque, así como en los Van Eyck, la intensa fe de Alejandro se manifiesta en su veneración por la naturaleza (a pesar de lo cual nunca ha hecho paisajes). Es lo precioso y pequeño lo que él celebra, lo casi microscópico. Para una etiqueta comercial de jitomates, él simula una placa botánica: la pubescencia del tallo asombra, y en la sección del fruto, una semilla que siguió el filo cortante se queda sola en la membrana divisoria.
La pintura de Rangel tiene épocas muy distintas separadas por periodos de gestación desesperantes para sus admiradores. Después de sus mocedades y ya con pleno dominio técnico, se presentó ante la opinión pública en 1958 con Los ángeles de este mundo, serie que UNICEF publicó como tarjetas de Navidad. En cada prototipo angelical Rangel vistió al ángel con la ropa nacional de diversos países y lo acompañó con los objetos y productos típicos de cada nación. En esta serie, El Niño Dios de Colima merece una mención especial, como una carta del pintor dedicada a esa ubérrima comarca que lo vio nacer.
Lo más curioso de su obra es que, después de cada efusión artística, permanece largo tiempo enclaustrado para luego sorprendernos con una nueva expresión colorida, no menos asombrosa en su frescura primaveral aunque totalmente distinta de la anterior. Entre varias otras fases, recuerdo su serie de niños y niñas decimonónicos posando con sus juguetes en habitaciones que bien podrían servir en el futuro como documentos de una infancia ideal.
Años después hizo una serie de serigrafías con las hojas variopintas de los crotos, cuyo efecto supera el realismo mágico de sus pinturas anteriores mediante una abstracción tan eficaz que un crítico los caracterizó como “Vasarelys orgánicos”. Diario veo tres ejemplares de esa época en mi casa de Mazatlán, donde también tengo dos cuadros más recientes como un tesoro particular. Me los regaló la Universidad de Colima por conducto del propio artista. Son dos acrílicos pintados en 1992 que representan dos de las tres carabelas de Colón. Los cascos de las naves están compuestos de puras banderitas y estampillas de su propia invención; el velamen es de pañuelos nuevecitos, marca Pirámide, aún doblados, mientras los banderines orlan alegremente en la dirección de la nave. Son dos obras de orfebrería, dos Cellini de factura indiscutible.

Fotos de Colima Antiguo