martes, 8 de agosto de 2017

El caso del periquito asesinado En aquel año de 1949, la Feria de Colima aún se celebraba en el Jardín Núñez. Más pequeña, más modesta, más en familia. Sobre todo con más sabor a fiesta de pueblo, alegra y sencilla. Los cómputos finales para elegir soberana, no llevaban a las urnas más de diez mil pesos, entre todas las siempre bellas candidatas. Gobernaba nuestra Entidad, el caballeroso licenciado Manuel Gudiño, quien el 28 de octubre de 1949, coronó como reina de la XIII Feria del estado, a la señorita Eva Ochoa Meillón. Guapa y con gran personalidad, Eva I subió al trono de nuestra máxima fiesta acompañada de sus princesas, las señoritas Armida Ascencio y Guillermina Silva. Su triunfante comité estuvo formado por los señores Jorge T. Assam y Fernando Vázquez Shiaffino, y los entonces muy jóvenes Rafael Trejo y Héctor Gordillo. En ese tiempo don Santiago Jiménez, nuestro abuelo materno, era propietario de un taller mecánico situado en la calle Morelos. Los nietos, que éramos muchos, íbamos todas las tardes después de clases a visitar el taller. Vivíamos trepados en el viejo mango sembrado en el centro del corral; aprendíamos a manejar el torno y sobre todo soplábamos con entusiasmo la fragua, donde el abuelo calentaba y moldeaba piezas para componer armas de todos tipos, actividad en la cual era un verdadero maestro. Descollaba entre el grupo de pillos disfrazados de nietos, Luis Amador, el mayor del clan. Aún no cumplía los trece años. Inquieto y belicoso lo reconocíamos como líder de todos los juegos y travesuras. El abuelo Santiago –precavido siempre- escondía las armas reparadas, ya que más de una vez habíamos tomado alguna vieja chispeta para ir a tirarles a los patos a la presa de Gamiochipi. En el corredor de la casa, la abuelita Martha tenía un perico consentido y hablador. Gozaba el animalejo de un cariño especial de toda la familia Jiménez. La tía Concha e enseñaba las clásicas palabras de “correo”, “¿quien toca?”, “dame la patita”, y mil lindezas más que el animal repetía con increíble claridad. El verde pájaro tenía un defecto: fobia terrible a los niños. Cuando los nietos nos acercábamos a que nos diera la patita para cargarlo a la manera tradicional, nos lanzaba fuertes picotazos y armaba tremenda algarabía, motivando que la tía Concha llegara al instante a ver quien molestaba a su hablantín pajarraco. Al ver que se trataba de un malvado mocoso, corría a toda la tropa con cajas destempladas. Por eso odiábamos cordialmente al patitas chuecas. Fraguamos una venganza: le enseñamos palabrotas contra la tía Concha. Le dimos un curso intensivo de la muy honorable Academia de Arrieros del Camino Real. En dos semanas estuvo listo. Lanzaba tales mentadas de madre que hacía sonrojar al más curtido cargador. Ahora si que era un auténtico perico colimote. Muy a nuestro pesar la tía le perdonaba todo, sabiendo quiénes habíamos sido los maestros. El cariño fue siempre para el perico. Los nietos estábamos en segundo término. Ese 28 de octubre de 1949, día de la coronación de la reina de la feria, Luis se presentó solo en el taller. Los demás nietos deambulábamos por la flamante feria. Aburrido, sin compañeros de juego entro al corredor de la casa, y comenzó a cambiar palabrotas con el perico. Una vieja carabina 30-30 recién reparada, descansaba sobre la pared a pocos metros del animal. Luis, con la experiencia de sus doce años de vida, tomó el arma, y sin saber que estaba cargada, apuntó cuidadosamente al perico y le grito: “¡Se acabaron tus días de gloria, te voy a matar!” Jaló el gatillo. El disparo se escuchó en toda la manzana. Luis, asustadísimo, emprendió veloz huida, y se perdió entre la muchedumbre que visitaba la feria del Jardín Núñez. De aquel pequeño maestro de idiomas sólo se recogieron 18 plumas y el pico. La familia Jiménez decretó diez días de duelo, y durante un mes no hubo nieto que se atreviera a visitar la casa de los abuelos. El día de los acontecimientos, a las doce de la noche, Luis, cansado y hambriento, regresó a la casa paterna, donde su papá , el profesor José Amador García, lo recibió con una “tunda”, que a más de 30 años de distancia aún recuerda nuestro héroe...... Luces de mi Ciudad, Relatos. Hilario Cárdenas Jiménez. 1984 August 08, 2017 at 02:49PM


Colima Antiguo http://ift.tt/2umI0I9 El caso del periquito asesinado En aquel año de 1949, la Feria de Colima aún se celebraba en el Jardín Núñez. Más pequeña, más modesta, más en familia. Sobre todo con más sabor a fiesta de pueblo, alegra y sencilla. Los cómputos finales para elegir soberana, no llevaban a las urnas más de diez mil pesos, entre todas las siempre bellas candidatas. Gobernaba nuestra Entidad, el caballeroso licenciado Manuel Gudiño, quien el 28 de octubre de 1949, coronó como reina de la XIII Feria del estado, a la señorita Eva Ochoa Meillón. Guapa y con gran personalidad, Eva I subió al trono de nuestra máxima fiesta acompañada de sus princesas, las señoritas Armida Ascencio y Guillermina Silva. Su triunfante comité estuvo formado por los señores Jorge T. Assam y Fernando Vázquez Shiaffino, y los entonces muy jóvenes Rafael Trejo y Héctor Gordillo. En ese tiempo don Santiago Jiménez, nuestro abuelo materno, era propietario de un taller mecánico situado en la calle Morelos. Los nietos, que éramos muchos, íbamos todas las tardes después de clases a visitar el taller. Vivíamos trepados en el viejo mango sembrado en el centro del corral; aprendíamos a manejar el torno y sobre todo soplábamos con entusiasmo la fragua, donde el abuelo calentaba y moldeaba piezas para componer armas de todos tipos, actividad en la cual era un verdadero maestro. Descollaba entre el grupo de pillos disfrazados de nietos, Luis Amador, el mayor del clan. Aún no cumplía los trece años. Inquieto y belicoso lo reconocíamos como líder de todos los juegos y travesuras. El abuelo Santiago –precavido siempre- escondía las armas reparadas, ya que más de una vez habíamos tomado alguna vieja chispeta para ir a tirarles a los patos a la presa de Gamiochipi. En el corredor de la casa, la abuelita Martha tenía un perico consentido y hablador. Gozaba el animalejo de un cariño especial de toda la familia Jiménez. La tía Concha e enseñaba las clásicas palabras de “correo”, “¿quien toca?”, “dame la patita”, y mil lindezas más que el animal repetía con increíble claridad. El verde pájaro tenía un defecto: fobia terrible a los niños. Cuando los nietos nos acercábamos a que nos diera la patita para cargarlo a la manera tradicional, nos lanzaba fuertes picotazos y armaba tremenda algarabía, motivando que la tía Concha llegara al instante a ver quien molestaba a su hablantín pajarraco. Al ver que se trataba de un malvado mocoso, corría a toda la tropa con cajas destempladas. Por eso odiábamos cordialmente al patitas chuecas. Fraguamos una venganza: le enseñamos palabrotas contra la tía Concha. Le dimos un curso intensivo de la muy honorable Academia de Arrieros del Camino Real. En dos semanas estuvo listo. Lanzaba tales mentadas de madre que hacía sonrojar al más curtido cargador. Ahora si que era un auténtico perico colimote. Muy a nuestro pesar la tía le perdonaba todo, sabiendo quiénes habíamos sido los maestros. El cariño fue siempre para el perico. Los nietos estábamos en segundo término. Ese 28 de octubre de 1949, día de la coronación de la reina de la feria, Luis se presentó solo en el taller. Los demás nietos deambulábamos por la flamante feria. Aburrido, sin compañeros de juego entro al corredor de la casa, y comenzó a cambiar palabrotas con el perico. Una vieja carabina 30-30 recién reparada, descansaba sobre la pared a pocos metros del animal. Luis, con la experiencia de sus doce años de vida, tomó el arma, y sin saber que estaba cargada, apuntó cuidadosamente al perico y le grito: “¡Se acabaron tus días de gloria, te voy a matar!” Jaló el gatillo. El disparo se escuchó en toda la manzana. Luis, asustadísimo, emprendió veloz huida, y se perdió entre la muchedumbre que visitaba la feria del Jardín Núñez. De aquel pequeño maestro de idiomas sólo se recogieron 18 plumas y el pico. La familia Jiménez decretó diez días de duelo, y durante un mes no hubo nieto que se atreviera a visitar la casa de los abuelos. El día de los acontecimientos, a las doce de la noche, Luis, cansado y hambriento, regresó a la casa paterna, donde su papá , el profesor José Amador García, lo recibió con una “tunda”, que a más de 30 años de distancia aún recuerda nuestro héroe...... Luces de mi Ciudad, Relatos. Hilario Cárdenas Jiménez. 1984

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