viernes, 18 de agosto de 2017

La Noche que vimos La Llorona. Nuestra cada día más lejana niñez la pasamos correteando por los prados y andenes del Jardín Núñez. Gran amistad teníamos con los ases del volante del sitio de automóviles que lleva el mismo nombre. El popular José Montaño alias “El Chuiquias”, Javier Alonzo y Juan “El Zacatero”, eran nuestros amigos favoritos para las pláticas nocturnas, quienes entre viaje y viaje nos contaban sus hazañas dentro y fuera del trabajo. Palomillas de muchachos que vivíamos por las calles Juárez, Madero, Morelos y Revolución, nos dábamos puntual cita todas las noches para gastar nuestras acumuladas energías en los más diversos juegos infantiles. Recuerdo “el burro”, “la cebollita”, “los encantados”, y cuando era tiempo, trompo y balero. De día no perdonábamos las canicas: para los grandes, duelos de “choya”, “quemes” y “ahogados”. Por las noches, después de correr un par de horas, nos sentábamos en el respaldo de una banca para platicar boberías, y nunca faltaba un valiente que sacara una caja de cigarros “Alas”, para que todos los chupáramos aquel veneno, con más curiosidad que ganas. Eramos un grupo de pillos que aprendimos rápidamente palabras gruesas y a escupir por un colmillo. Nos creíamos el colmo de los malditos. En esos años mi madre solía contarnos la popular leyenda de La Llorona, aquella desalmada mujer que ahogó en el río a sus hijos, y después, arrepentida y dolida por su crimen, vagó por el mundo lanzando lastimeros gritos de dolor. Cuando nos portábamos mal –que era muy frecuente- doña Marina nos repetía la historia que siempre terminaba con una advertencia: “Si no se corrigen, La Llorona va a venir por ustedes”. Y francamente nos impresionaba el relato pues quedábamos contritos y ordenados por algún tiempo. Una noche del mes de abril de 1952, Guillermo, mi hermano menor y yo, salimos como siempre a nuestros acostumbrados juegos nocturnos. Tal vez ese día nuestra conducta había dejado mucho que desear, pues llevábamos muy presente la figura de la multiasesina mujer. Soplaba un agradable viento que había borrado el calor del día, y para nuestro enojo no había amigos con quien jugar. Nos sentamos solitarios en la primera banca norte de la calle Juárez, bajo el frondoso laurel que cobijaba esa esquina del gran jardín. Inútilmente esperamos la presencia de nuestros más cercanos vecinos y amigos, los hermanos Porfirio y Javier Bayardo. De pronto escuchamos un impresionante grito de lo alto del árbol. Al voltear hacia arriba, vimos una forma humana vestida de blanco que volaba de oriente a occidente. Un solo pensamiento nos unió: La Llorona. Impresionados corrimos hasta la casa, hasta llegar a nuestras camas, donde sentimos la relativa protección de las cobijas. Nunca comentamos esta visión a nuestra madre, pues no quisimos dar el brazo a torcer, estaba bien que fuéramos de los “malditos” del Jardín Núñez, pero no éramos tan malos como para merecer una visita de La Llorona… Años después descubrimos el secreto de nuestra amiga la mata niños. El grito lo dio la vieja lechuza dueña y señora de aquel viejo laurel; la figura, una caprichosa nube blanca de humana forma, iluminada por la luz de la luna, y suavemente empujada por el tibio viento costeño. *Luces de mi Ciudad, Relatos. Hilario Cárdenas Jimenéz. August 19, 2017 at 12:09AM


Colima Antiguo http://ift.tt/2vMB8TB La Noche que vimos La Llorona. Nuestra cada día más lejana niñez la pasamos correteando por los prados y andenes del Jardín Núñez. Gran amistad teníamos con los ases del volante del sitio de automóviles que lleva el mismo nombre. El popular José Montaño alias “El Chuiquias”, Javier Alonzo y Juan “El Zacatero”, eran nuestros amigos favoritos para las pláticas nocturnas, quienes entre viaje y viaje nos contaban sus hazañas dentro y fuera del trabajo. Palomillas de muchachos que vivíamos por las calles Juárez, Madero, Morelos y Revolución, nos dábamos puntual cita todas las noches para gastar nuestras acumuladas energías en los más diversos juegos infantiles. Recuerdo “el burro”, “la cebollita”, “los encantados”, y cuando era tiempo, trompo y balero. De día no perdonábamos las canicas: para los grandes, duelos de “choya”, “quemes” y “ahogados”. Por las noches, después de correr un par de horas, nos sentábamos en el respaldo de una banca para platicar boberías, y nunca faltaba un valiente que sacara una caja de cigarros “Alas”, para que todos los chupáramos aquel veneno, con más curiosidad que ganas. Eramos un grupo de pillos que aprendimos rápidamente palabras gruesas y a escupir por un colmillo. Nos creíamos el colmo de los malditos. En esos años mi madre solía contarnos la popular leyenda de La Llorona, aquella desalmada mujer que ahogó en el río a sus hijos, y después, arrepentida y dolida por su crimen, vagó por el mundo lanzando lastimeros gritos de dolor. Cuando nos portábamos mal –que era muy frecuente- doña Marina nos repetía la historia que siempre terminaba con una advertencia: “Si no se corrigen, La Llorona va a venir por ustedes”. Y francamente nos impresionaba el relato pues quedábamos contritos y ordenados por algún tiempo. Una noche del mes de abril de 1952, Guillermo, mi hermano menor y yo, salimos como siempre a nuestros acostumbrados juegos nocturnos. Tal vez ese día nuestra conducta había dejado mucho que desear, pues llevábamos muy presente la figura de la multiasesina mujer. Soplaba un agradable viento que había borrado el calor del día, y para nuestro enojo no había amigos con quien jugar. Nos sentamos solitarios en la primera banca norte de la calle Juárez, bajo el frondoso laurel que cobijaba esa esquina del gran jardín. Inútilmente esperamos la presencia de nuestros más cercanos vecinos y amigos, los hermanos Porfirio y Javier Bayardo. De pronto escuchamos un impresionante grito de lo alto del árbol. Al voltear hacia arriba, vimos una forma humana vestida de blanco que volaba de oriente a occidente. Un solo pensamiento nos unió: La Llorona. Impresionados corrimos hasta la casa, hasta llegar a nuestras camas, donde sentimos la relativa protección de las cobijas. Nunca comentamos esta visión a nuestra madre, pues no quisimos dar el brazo a torcer, estaba bien que fuéramos de los “malditos” del Jardín Núñez, pero no éramos tan malos como para merecer una visita de La Llorona… Años después descubrimos el secreto de nuestra amiga la mata niños. El grito lo dio la vieja lechuza dueña y señora de aquel viejo laurel; la figura, una caprichosa nube blanca de humana forma, iluminada por la luz de la luna, y suavemente empujada por el tibio viento costeño. *Luces de mi Ciudad, Relatos. Hilario Cárdenas Jimenéz.

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