domingo, 21 de enero de 2018

Crónica de un terremoto. Por Mauricio Bretón González. Investigador del Observatorio Vulcanológico de la Universidad de Colima. Parecía ser un día como otro cualquiera, sin embargo uno nunca sale de casa pensando que no va a regresar, te levantas de la cama, te bañas, desayunas algo, haces los planes del día y antes de cerrar la puerta y echar la llave miras de reojo para ver que todo esté en orden. Nunca te imaginas que cuando vuelvas a casa nada será igual. Sin embargo regresé a la hora de la comida, no recuerdo ya qué fue lo que comí ese día pero sí recuerdo que lavé los platos para no dejar sucio nada. Regresé a mi despacho y trabaje algunas horas. A eso de las siete de la tarde decidí salir pues tenía que hacer algunas compras. Fui al centro comercial San Fernando y compré un regalo que tenía pendiente, también me metí a una tienda de música y compre un CD que estaba de oferta. Salí de allí y volví a entrar a la tienda en la que había comprado el primer regalo, poco después entré a otra y salí rápidamente. Llevaba dos bolsas en la mano, abrí la cajuela del coche y metí la cabeza para acomodarlas. En ese momento, las 8:06 de la noche, sentí una vibración en mis pies, saqué la cabeza de la cajuela y miré al vigilante diciéndole… ¡Está temblando?. Él me respondió, “Sí y re fuerte”. De pronto todo empezó agitarse de manera violenta. Mi instinto y también mi formación me hicieron mirar a mi alrededor para saber si estaba en un lugar seguro, vi rápidamente que nada podía caerme encima y a menos de que un coche se moviera o un poste se cayera creí encontrarme a salvo. De repente se apagaron todas las luces, se activaron las alarmas de algunos coches y la gente comenzó a gritar. El suelo cada vez se movía más ¡Dios qué está pasando, qué es esto…! Empecé a repetir. La aceleración del suelo era cada vez mayor y resultaba difícil mantenerse en pie. De pronto un estruendo se escuchó de manera violenta con un sonido que aún llevo metido en la cabeza y que creo no podré olvidar mientras viva. El terremoto era cada vez más fuerte , era imposible seguir así, en ese momento pensé: _¡Me llegó la hora! Esto era más fuerte que todos los terremotos que había sentido en mi vida. Veía agitarse las palmeras, los postes del alumbrado público y las paredes del centro comercial que estaban frente a mí. Los coches daban saltos y se movían de sitio llegándose a golpear algunos, se escuchaba el estallido de los cristales y el crujir de los edificios. La gente paralizada por la inercia, solo gritaba. En ese momento sentí debajo de mis pies la deformación del suelo, como si pasara una enorme serpiente bajo la tierra. El movimiento me levantó de mi sitio y cuando pasó la cresta casi me hizo caer al suelo. Parecía que la sacudida no terminaría nunca y por el contrario, iba en aumento. Puedo decir que había pasado un minuto y aquello no se detenía, así que sentí gran impotencia ya que además no podía ver más allá de unos pocos metros pues el cielo ya estaba oscuro. De pronto todo pareció detenerse, sin embargo aún sentía que el suelo se movía y sufría un ligero mareo y la excitación de una situación como ésta, cuando el corazón no se sale de su sitio porque hay una coraza ósea que se lo impide. La gente preguntaba por sus hijos y sus familias y corría hacia sus coches o hacia la calle. Decidí mantenerme ahí y esperar un poco más y pedía a los que estaban a mi alrededor que hicieran lo mismo, cosa que todos hicieron sin decir nada. Trate de tranquilizar a algunas mujeres que lloraban y repetían el nombre de sus hijos o de sus padres ¡Reinaba el caos! Una de ellas me pidió que marcara en su celular el número de su casa pues las manos le temblaban tanto que no podía casi sostener el teléfono, pero era inútil, no había forma de contactarse con nadie, los teléfonos quedaron fuera de servicio casi inmediatamente, las líneas estaba colapsadas y la angustia era mayor. Unos minutos después decidí que en mi trabajo sería más útil que en mi casa, además ahí nadie me esperaba y seguramente no había quedado nada en pie, así que mejor iba a ayudar a quienes pudieran necesitarme. En el camino se repetían las escenas de pánico que ya he descrito y la gente seguía saliendo de sus casas para ponerse a salvo. La energía eléctrica no se reestablecía, los semáforos no funcionaban y todo el mundo trataba de llegar desesperadamente a sus casas, lo antes posible, para saber la suerte que habían corrido los suyos. Al llegar a la Universidad, el panorama era similar, el edificio donde trabajo estaba sin problemas pero los libreros de varios de las oficinas de mis compañeros se encontraban en el suelo. Al abrir mi despacho pude ver entre la oscuridad mi pecera hecha pedazos, pero me era imposible entrar más allá debido a los cristales y el agua que estaban por medio. Tomé lo que pude, mi casco, mis botas, mi radio y salí a revisar los sismogramas que están en el edificio contiguo. La escena fue desconcertante, los registradores habían sufrido también con el terremoto y se habían caído hacia el frente, por lo que habían bloqueado la puerta de entrada a ellos. Rápidamente colocamos cintas en los cristales en forma de “X” y con un martillo comenzamos a romperlos. Seguidamente nos pusimos manos a la obra para ayudar a restablecer lo antes posible la recepción de los registros sísmicos. . Una vez hecho esto salimos en nuestro vehículo para hacer llegar a protección civil los primeros datos sobre el temblor. Se hablaba de una magnitud de 7.6 en la escala de Richter y el epicentro se ubicaba en un lugar llamado Pueblo Juárez , a escasos 25 kilómetros de la ciudad de Colima. Asimismo, era importante hacer llegar a la población la recomendación de no encender velas, ni cerillos, pues había numerosos escapes de gas y era factible que en cualquier momento pudiera desatarse una explosión o un incendio. Igualmente, no deberían ingresar en sus viviendas pues algunas estaban muy dañadas y era de esperarse la ocurrencia de otro sismo que las podría hacer colapsar. Las calles del centro de la ciudad presentaban un aspecto desolador, parecía que habían sido bombardeadas, prácticamente en algunas era imposible caminar debido a la cantidad de escombros que habían quedado sobre ellas. Había que rescatar sólo a algún herido, pues afortunadamente no había sepultados bajo los escombros. Sin embargo, en ese momento se hablaba ya de más de 20 muertos. Fue una noche difícil, haciendo patrullajes y reportando desperfectos y emergencias. Más tarde, hubo una reunión en el cuartel de bomberos, que también había quedado dañado pero era el sitio sonde se concentraba la información y los grupos voluntarios. Tratábamos de saber más, mientras tanto la tierra seguía moviéndose. No se detenía la actividad y la gente no quería volver a sus casas. Rápidamente las calles, parques y plazas se convirtieron en dormitorios improvisados en donde familias enteras se disponían a pasar la noche, temerosos de que se repitiera aquel suceso. Llegó la hora de revisar mi casa. Rumbo a mi hogar, al entrar por la calle pude ver la oscuridad la silueta del edificio ¡uffff…por lo menos estaba en pié! Al acercarme más empecé distinguir las tejas que por el suelo estaban todas dispersas. Con algo de miedo me puse el casco y subí por las escaleras. Con la linterna miraba si existían grietas pero no se veía nada. Al abrir mi puerta empecé a ver lo que me temía. Todo era distinto. El librero que estaba en la sala no se había caído, pero muchas de las cosas estaban en el suelo. Todo lo que existía en la cocina estaba hecho pedazos: platos, vasos, botellas ¡Todo regado! Los armarios se habían abierto y todo su contenido salió disparado hacia el suelo, era increíble ver como los objetos habían volado y habían ido a dar a varios metros de su lugar original. Las grietas eran visibles sobre todo en mi cuarto y la habitación contigua, algunas en forma de “X”, otras verticales y muchas más horizontales. Estaba claro que ya no podía seguir viviendo ahí, pues los temblores continuaban y algunos eran bastante fuertes. ¡A la calle! Esa noche regresé al trabajo, no quise parar, en mi interior había miedo y la única forma de luchar contra él era tener la cabeza ocupada tratando de ayudar a la gente. Después de varias horas, y casi ya amaneciendo, decidí parar el coche en el estacionamiento de la Universidad y me recosté unos minutos. Lloré un poco, pero finalmente estaba vivo y la gente que quiero también lo estaba. Qué vendrá ahora… “Paciencia con coraje”, solía decir mi abuela. *Tomado del Libro: Renacimiento y grandeza, El primer terremoto del siglo XXI. Colima, 21 de enero de 2003. Francisco Blanco Figueroa, Coordinador. Universidad de Colima. 2004. Claudette Beal. January 21, 2018 at 05:01PM


Colima Antiguo http://ift.tt/2DvVg13 Crónica de un terremoto. Por Mauricio Bretón González. Investigador del Observatorio Vulcanológico de la Universidad de Colima. Parecía ser un día como otro cualquiera, sin embargo uno nunca sale de casa pensando que no va a regresar, te levantas de la cama, te bañas, desayunas algo, haces los planes del día y antes de cerrar la puerta y echar la llave miras de reojo para ver que todo esté en orden. Nunca te imaginas que cuando vuelvas a casa nada será igual. Sin embargo regresé a la hora de la comida, no recuerdo ya qué fue lo que comí ese día pero sí recuerdo que lavé los platos para no dejar sucio nada. Regresé a mi despacho y trabaje algunas horas. A eso de las siete de la tarde decidí salir pues tenía que hacer algunas compras. Fui al centro comercial San Fernando y compré un regalo que tenía pendiente, también me metí a una tienda de música y compre un CD que estaba de oferta. Salí de allí y volví a entrar a la tienda en la que había comprado el primer regalo, poco después entré a otra y salí rápidamente. Llevaba dos bolsas en la mano, abrí la cajuela del coche y metí la cabeza para acomodarlas. En ese momento, las 8:06 de la noche, sentí una vibración en mis pies, saqué la cabeza de la cajuela y miré al vigilante diciéndole… ¡Está temblando?. Él me respondió, “Sí y re fuerte”. De pronto todo empezó agitarse de manera violenta. Mi instinto y también mi formación me hicieron mirar a mi alrededor para saber si estaba en un lugar seguro, vi rápidamente que nada podía caerme encima y a menos de que un coche se moviera o un poste se cayera creí encontrarme a salvo. De repente se apagaron todas las luces, se activaron las alarmas de algunos coches y la gente comenzó a gritar. El suelo cada vez se movía más ¡Dios qué está pasando, qué es esto…! Empecé a repetir. La aceleración del suelo era cada vez mayor y resultaba difícil mantenerse en pie. De pronto un estruendo se escuchó de manera violenta con un sonido que aún llevo metido en la cabeza y que creo no podré olvidar mientras viva. El terremoto era cada vez más fuerte , era imposible seguir así, en ese momento pensé: _¡Me llegó la hora! Esto era más fuerte que todos los terremotos que había sentido en mi vida. Veía agitarse las palmeras, los postes del alumbrado público y las paredes del centro comercial que estaban frente a mí. Los coches daban saltos y se movían de sitio llegándose a golpear algunos, se escuchaba el estallido de los cristales y el crujir de los edificios. La gente paralizada por la inercia, solo gritaba. En ese momento sentí debajo de mis pies la deformación del suelo, como si pasara una enorme serpiente bajo la tierra. El movimiento me levantó de mi sitio y cuando pasó la cresta casi me hizo caer al suelo. Parecía que la sacudida no terminaría nunca y por el contrario, iba en aumento. Puedo decir que había pasado un minuto y aquello no se detenía, así que sentí gran impotencia ya que además no podía ver más allá de unos pocos metros pues el cielo ya estaba oscuro. De pronto todo pareció detenerse, sin embargo aún sentía que el suelo se movía y sufría un ligero mareo y la excitación de una situación como ésta, cuando el corazón no se sale de su sitio porque hay una coraza ósea que se lo impide. La gente preguntaba por sus hijos y sus familias y corría hacia sus coches o hacia la calle. Decidí mantenerme ahí y esperar un poco más y pedía a los que estaban a mi alrededor que hicieran lo mismo, cosa que todos hicieron sin decir nada. Trate de tranquilizar a algunas mujeres que lloraban y repetían el nombre de sus hijos o de sus padres ¡Reinaba el caos! Una de ellas me pidió que marcara en su celular el número de su casa pues las manos le temblaban tanto que no podía casi sostener el teléfono, pero era inútil, no había forma de contactarse con nadie, los teléfonos quedaron fuera de servicio casi inmediatamente, las líneas estaba colapsadas y la angustia era mayor. Unos minutos después decidí que en mi trabajo sería más útil que en mi casa, además ahí nadie me esperaba y seguramente no había quedado nada en pie, así que mejor iba a ayudar a quienes pudieran necesitarme. En el camino se repetían las escenas de pánico que ya he descrito y la gente seguía saliendo de sus casas para ponerse a salvo. La energía eléctrica no se reestablecía, los semáforos no funcionaban y todo el mundo trataba de llegar desesperadamente a sus casas, lo antes posible, para saber la suerte que habían corrido los suyos. Al llegar a la Universidad, el panorama era similar, el edificio donde trabajo estaba sin problemas pero los libreros de varios de las oficinas de mis compañeros se encontraban en el suelo. Al abrir mi despacho pude ver entre la oscuridad mi pecera hecha pedazos, pero me era imposible entrar más allá debido a los cristales y el agua que estaban por medio. Tomé lo que pude, mi casco, mis botas, mi radio y salí a revisar los sismogramas que están en el edificio contiguo. La escena fue desconcertante, los registradores habían sufrido también con el terremoto y se habían caído hacia el frente, por lo que habían bloqueado la puerta de entrada a ellos. Rápidamente colocamos cintas en los cristales en forma de “X” y con un martillo comenzamos a romperlos. Seguidamente nos pusimos manos a la obra para ayudar a restablecer lo antes posible la recepción de los registros sísmicos. . Una vez hecho esto salimos en nuestro vehículo para hacer llegar a protección civil los primeros datos sobre el temblor. Se hablaba de una magnitud de 7.6 en la escala de Richter y el epicentro se ubicaba en un lugar llamado Pueblo Juárez , a escasos 25 kilómetros de la ciudad de Colima. Asimismo, era importante hacer llegar a la población la recomendación de no encender velas, ni cerillos, pues había numerosos escapes de gas y era factible que en cualquier momento pudiera desatarse una explosión o un incendio. Igualmente, no deberían ingresar en sus viviendas pues algunas estaban muy dañadas y era de esperarse la ocurrencia de otro sismo que las podría hacer colapsar. Las calles del centro de la ciudad presentaban un aspecto desolador, parecía que habían sido bombardeadas, prácticamente en algunas era imposible caminar debido a la cantidad de escombros que habían quedado sobre ellas. Había que rescatar sólo a algún herido, pues afortunadamente no había sepultados bajo los escombros. Sin embargo, en ese momento se hablaba ya de más de 20 muertos. Fue una noche difícil, haciendo patrullajes y reportando desperfectos y emergencias. Más tarde, hubo una reunión en el cuartel de bomberos, que también había quedado dañado pero era el sitio sonde se concentraba la información y los grupos voluntarios. Tratábamos de saber más, mientras tanto la tierra seguía moviéndose. No se detenía la actividad y la gente no quería volver a sus casas. Rápidamente las calles, parques y plazas se convirtieron en dormitorios improvisados en donde familias enteras se disponían a pasar la noche, temerosos de que se repitiera aquel suceso. Llegó la hora de revisar mi casa. Rumbo a mi hogar, al entrar por la calle pude ver la oscuridad la silueta del edificio ¡uffff…por lo menos estaba en pié! Al acercarme más empecé distinguir las tejas que por el suelo estaban todas dispersas. Con algo de miedo me puse el casco y subí por las escaleras. Con la linterna miraba si existían grietas pero no se veía nada. Al abrir mi puerta empecé a ver lo que me temía. Todo era distinto. El librero que estaba en la sala no se había caído, pero muchas de las cosas estaban en el suelo. Todo lo que existía en la cocina estaba hecho pedazos: platos, vasos, botellas ¡Todo regado! Los armarios se habían abierto y todo su contenido salió disparado hacia el suelo, era increíble ver como los objetos habían volado y habían ido a dar a varios metros de su lugar original. Las grietas eran visibles sobre todo en mi cuarto y la habitación contigua, algunas en forma de “X”, otras verticales y muchas más horizontales. Estaba claro que ya no podía seguir viviendo ahí, pues los temblores continuaban y algunos eran bastante fuertes. ¡A la calle! Esa noche regresé al trabajo, no quise parar, en mi interior había miedo y la única forma de luchar contra él era tener la cabeza ocupada tratando de ayudar a la gente. Después de varias horas, y casi ya amaneciendo, decidí parar el coche en el estacionamiento de la Universidad y me recosté unos minutos. Lloré un poco, pero finalmente estaba vivo y la gente que quiero también lo estaba. Qué vendrá ahora… “Paciencia con coraje”, solía decir mi abuela. *Tomado del Libro: Renacimiento y grandeza, El primer terremoto del siglo XXI. Colima, 21 de enero de 2003. Francisco Blanco Figueroa, Coordinador. Universidad de Colima. 2004. Claudette Beal.

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