martes, 24 de abril de 2018

HOTEL DE CINCO ESTRELLAS A principios de la década de los cuarenta, el Hotel Ceballos de Cuyutlán –construido por mis esfuerzos en la “plancha” de cemento que dejó el terremoto de 1932-, con entusiasmo, juventud y relaciones, ocupaba un primerísimo lugar, estando seguro de que si por aquellos tiempos hubiera clasificación de “estrellas”, mi hotel ostentaría orgulloso un firmamento de ellas, pues los servicios superaban las famosas cinco estrellas actuales. Conseguí que el correo y el telégrafo tuvieran sus oficinas ahí; con Schiaffino, el gerente de Servicios Panini, arreglamos una pista de aterrizaje en las salinas y desde luego en la administración del hotel se atendía la venta y reservación de los pasajes. Felipe Llerenas tenía su habitación gratis, era el fotógrafo oficial, mientras que Moisés Delgadillo tenía en su cuarto un ostentoso sillón de peluquería para servicio a nuestros huéspedes. Los jefes de estación nunca carecían de su preferencia en el comedor, por lo que a la hora del servicio daban toda clase de información de los trenes, boletos y equipajes. Los servicios de salubridad durante la temporada siempre tenían un doctor con su respectiva enfermera, los que despachaban y atendían desde un bien situado cuarto gratis. Los salvavidas eran invitados normales para que hicieran sus comidas en el hotel, y los huéspedes se sentían doblemente seguros, al tener de compañeros de mesa a los aguerridos vencedores de la “ola verde”. Nuestro servicio de aseo y atención de los cuartos era atendido por limpias y atractivas recamareras. Los varones y las damas no tenían que molestarse buscando quién les aseara sus botines, pues el bolero Ramoncito González a todas horas estaba presente con su cajón en la terraza y el comedor del hotel. Y para terminar, ahí se alojaba como invitado el párroco del lugar, que con su presencia, daba tranquilidad a las señoras de edad, confesaba a los arrepentidos, a las castas quinceañeras y a los viejitos “con el pie en el estribo”. Desde luego, por las noches y en uno de los corredores se reazaba el rosario, como siempre formado por madres de familia y solteronas. * Carlos Ceballos Silva Fotografía: El Hotel Ceballos en la década de 1940 por Felipe Llerenas. por: Arq. Arturo Villalpando Etiqueta, comenta y comparte April 24, 2018 at 11:47AM


Colima Antiguo https://ift.tt/2Hu3JAE HOTEL DE CINCO ESTRELLAS A principios de la década de los cuarenta, el Hotel Ceballos de Cuyutlán –construido por mis esfuerzos en la “plancha” de cemento que dejó el terremoto de 1932-, con entusiasmo, juventud y relaciones, ocupaba un primerísimo lugar, estando seguro de que si por aquellos tiempos hubiera clasificación de “estrellas”, mi hotel ostentaría orgulloso un firmamento de ellas, pues los servicios superaban las famosas cinco estrellas actuales. Conseguí que el correo y el telégrafo tuvieran sus oficinas ahí; con Schiaffino, el gerente de Servicios Panini, arreglamos una pista de aterrizaje en las salinas y desde luego en la administración del hotel se atendía la venta y reservación de los pasajes. Felipe Llerenas tenía su habitación gratis, era el fotógrafo oficial, mientras que Moisés Delgadillo tenía en su cuarto un ostentoso sillón de peluquería para servicio a nuestros huéspedes. Los jefes de estación nunca carecían de su preferencia en el comedor, por lo que a la hora del servicio daban toda clase de información de los trenes, boletos y equipajes. Los servicios de salubridad durante la temporada siempre tenían un doctor con su respectiva enfermera, los que despachaban y atendían desde un bien situado cuarto gratis. Los salvavidas eran invitados normales para que hicieran sus comidas en el hotel, y los huéspedes se sentían doblemente seguros, al tener de compañeros de mesa a los aguerridos vencedores de la “ola verde”. Nuestro servicio de aseo y atención de los cuartos era atendido por limpias y atractivas recamareras. Los varones y las damas no tenían que molestarse buscando quién les aseara sus botines, pues el bolero Ramoncito González a todas horas estaba presente con su cajón en la terraza y el comedor del hotel. Y para terminar, ahí se alojaba como invitado el párroco del lugar, que con su presencia, daba tranquilidad a las señoras de edad, confesaba a los arrepentidos, a las castas quinceañeras y a los viejitos “con el pie en el estribo”. Desde luego, por las noches y en uno de los corredores se reazaba el rosario, como siempre formado por madres de familia y solteronas. * Carlos Ceballos Silva Fotografía: El Hotel Ceballos en la década de 1940 por Felipe Llerenas. por: Arq. Arturo Villalpando Etiqueta, comenta y comparte

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