viernes, 29 de junio de 2018

CUANDO EL “INDIO ALONSO” HIZO CIMBRAR EL PALACIO DE GOBIERNO DE COLIMA. *Otras leyendas y misterios de los pueblos de Colima Recopilación: Victor Chi/Francia Macías Quintero. Las leyendas van y vienen de boca en boca, muchas se pierden en el sinfín del tiempo, otras permanecen escondidas, ocultas en la memoria, hasta que pugnan por salir del olvido y vuelven a tomar en los imaginarios colectivos, en la voz de nuestros abuelos y padres, de nuestros niños y niñas, en la voz de un desconocido que se te acerca y te hace depositario de este tesoro al regalarte un hermoso momento de tradición oral… Ese fue el caso que me sucedió en el tramo de la carretera de Pueblo Juárez a Coquimatlán, específicamente a la altura del crucero de la comunidad Cruz de Piedra, cuando esperando la ruta se me acercó un señor ya entrado en años y me preguntó si yo era el que una tarde anterior había contado leyendas en la escuela primaria Cruz de Piedra. Yo le respondí que sí, y el me dijo que entonces para que yo tuviera más que contar, me iba a platicar una historia que muy pocos conocían del Indio Alonso. Y sin decir más, la comenzó a relatar. “Usted ha de conocer al Indio Alonso y sus andadas, sus aventuras y sus excesos, pues de él se han escrito muchas cosas, de su mentado tesoro ¡ni de diga!, y de su presunta afición por la brujería pues corren infinidad de leyendas, pero lo que pocos conocen es que él, un día hizo que se cimbrara el Palacio de Gobierno del Estado. ¡Así como lo oye!, y es que a pesar de que la historia nos dice que Alonso era muy buscado y que siempre se andaba escondiendo por los montes y los cerros, la verdad es que no era tanto así, porque hay gente que asegura que algunas tardes bajaba bien quitado de la pena en su cuaco, acompañado de su brazo derecho, un hombre de su entera confianza, a comer sopitos al jardín de La Villa, en donde siempre, se la pasaba mirando a las muchachas a ver cuál se robaba. Cuenta la gente que tanta era su desvergüenza, que una tarde el gobernador de Colima, ya muy enojado porque aquél se paseaba con tanta desfachatez por la ciudad y porque sus policías no lo podían capturar, ideó un plan para acabar de una vez por todas con el indio Alonso, que nada más lo estaba poniendo en vergüenza ante el pueblo de Colima, por lo que llamó a uno de sus hombres de mayor confianza y le dijo: -Ve a donde esté el Indio Alonso y habla con él, dile que estoy dispuesto a negociar, que no se le castigará ni a él ni a sus hombres si deponen las armas, pero que antes debe venir a platicar conmigo para acordar en qué condiciones será el acuerdo. Dile que lo espero el día de mañana en el palacio de gobierno, que puede venir con la entera confianza de que no intentaremos nada en contra de él, ¡dile que tiene mi palabra! Con esa encomienda partió el hombre aquel para el Cerro Grande, en donde se suponía que andaban Alonso y su gente. Pasando una y mil peripecias, aquel enviado del gobernador llegó ante el indio, a quien le dio el mensaje que le habían encomendado. Alonso lo escuchó atentamente, y después de un rato de dejarlo hablar, con desconfianza le preguntó de nuevo al emisario del gobierno: -¿Y qué me garantiza que no me queran atrapar los pelones cuando llegue al palacio? -¡La palabra del señor gobernador del estado! ¡Que no es poca cosa, sino la palabra de un hombre a carta cabal!. El Indio Alonso, lentamente, como “masticando” su respuesta, le contestó finalmente: -Dígale al señor gobernador que ahí estaré al mediodía, que confío en un palabra, y que por eso iré solo… Pero que no intente traicionarme porque si lo hace ¡les juro que se arrepentirá! -Así, en ese acuerdo quedaron aquellos hombres; y aunque los gavilleros del indio le decían que no confiara en las palabras del gobernador, que seguramente era un plan que tenía preparado para atraparlo, él sólo respondía: -No se preocupen… si intenta algo ¡no sabe la que le espera! Así, al día siguiente, el indio Alonso, montado en su enorme y bello cuaco atravesaba el centro de la ciudad de Colima ante la mirada atónita de los hombres y temerosa de las muchachas casaderas… Ante su paso, nomás se escuchaba el ruido de las herraduras del enorme potro color blanco, así, a paso lento y ante una multitud que se escondía a su trote, Alonso llegó a las purititas doce del día al palacio de gobierno. A su llegada, las puertas se abrieron de par en par, los dos guardias que cuidaban la puerta se hicieron un lado y lo dejaron entrar con todo y cuaco. ¡Nomás el puro resoplido del caballo y sus pasos al chocar con las baldosas del palacio, se escuchaban! De ahí en más, ¡todo estaba en absoluto silencio! El gobernador, controlando malamente sus nervios, desde el segundo piso lo miraba, pues ya lo estaba esperando, al verlo entrar, le dijo: -¡Qué bueno que viniste, Alonso!... Ya es hora de poner las cosas en su lugar. -Pa’ eso venimos! ¡Pa’ ponerlas donde deben estar! Respondió el indio. El gobernador siguió diciéndole: -¡Ya son muchos los dolores de cabeza que nos has dado! … y por lo visto ¡mis tropas no tienen pa cuando tomarte preso! Por ello ¡he decidido hacerlo yo mismo! Y diciendo esto, el gobernador ordenó: -¡Cierren las puertas! En ese preciso momento, decenas de soldados salieron de los cuartos en donde estaban escondidos dándole ‘cerrojazo’ a sus armas y rodeando al Indio Alonso y a su caballo, que nomás reparaba y relinchaba ¡bufando con espanto y coraje! … El gobernador ordenó a sus tropas: ¡Deténganlo!... ¡Lo quiero vivo! ¡pero si se resiste tiren a matar! Los militares trataron de acercarse al cuaco, pero el indio Alonso les gritó: ¡Si se acercan! ¡Haré que se caiga el palacio de gobierno y los aplaste a todos! ¡así que si quieren morir nomás atrévanse! Los militares no creyeron nada de lo que Alonso estaba diciendo, por lo que se fueron acercando más y más, hasta que en un instante el corcel del indio ¡pegó un salto y comenzó a pegar carrera dentro del palacio de una esquina a otra! Los militares trataban de apuntar sus armas al indio Alonso, pero era tan rápida la carrera que pegaba el caballo de un lado a otro, que era prácticamente imposible apuntarle bien.. A la segunda carrera que hizo el corcel, un leve movimiento se sintió en el palacio… Al llegar de nuevo a la esquina, el caballo comenzó a reparar y reparar. ¡por lo que los movimientos de las paredes y el piso se hicieron cada vez más y más fuertes! Los militares nomás se miraban entre ellos asustados y asombrados, mientras que el gobernador agarrado del pasamanos del segundo piso ¡nomás pelaba los ojotes, sorprendido, mientras era zangoloteado como mona vieja de basurero! El indio Alonso, echándose unas carcajadotas que retumbaban por todo el palacio, les gritaba: -¡Atrápenme, pues! ¡Aquí estoy! … ¡a ver si son tan machitos, bola de montoneros cobardes! … ¡Andele, gobernador! ¡Aquí estoy! ¡Venga por mi! Y así, mientras más corría y reparaba el caballo del indio , más fuerte era el temblor, tanto era así que la mayoría de militares ya estaban en el suelo con las armas regadas por todos lados… Al ver y sentir tan tremendo fenómeno, el gobernador casi llorando, gritó a los guardias: -¡Abran las puertas! ¡Dejen que se largue! ¡Que se vaya! Al abrirse las puertas, el temblor cesó, el potro del indio Alonso de tres saltos se fue para la calle, en donde las cosas parecían transcurrir como si nada hubiera pasado, como si ahí ¡jamás hubiera temblado! . Los soldados y el gobernador no atinaban aún a comprender que era lo que había sucedido y se miraban los unos a los otros, confundidos, mientras el indio Alonso se alejaba, lentamente, por las callejuelas empedradas de la ciudad, rumbo a La Villa, para de ahí tomar al Cerro Grande. Cuentan que después de retomar la calma, el gobernador ordenó a los soldados , so pena de cárcel o de fusilamiento, que nadie de los que vivieron este acontecimiento debería nunca comentar nada, que hicieran y consideraran que esto nunca ocurrió, ¡que jamás sucedió! Tal vez por eso la historia o algún libro no hace mención de esta anécdota del Indio Alonso. Sin embargo, no todos los militares ahí presentes cumplieron su palabra de guardar el secreto. Uno de ellos fue mi abuelo, quien ya de grande solía contarnos esta historia cuando íbamos a su rancho, y por la cara de espanto que ponía al relatarla, la verdad es que yo sí creo que sucedió. Al fin y al cabo ¿ no todos dicen que el Indio Alonso era brujo? Claudette Beal June 29, 2018 at 01:32PM


Colima Antiguo https://ift.tt/2N9Ca2s CUANDO EL “INDIO ALONSO” HIZO CIMBRAR EL PALACIO DE GOBIERNO DE COLIMA. *Otras leyendas y misterios de los pueblos de Colima Recopilación: Victor Chi/Francia Macías Quintero. Las leyendas van y vienen de boca en boca, muchas se pierden en el sinfín del tiempo, otras permanecen escondidas, ocultas en la memoria, hasta que pugnan por salir del olvido y vuelven a tomar en los imaginarios colectivos, en la voz de nuestros abuelos y padres, de nuestros niños y niñas, en la voz de un desconocido que se te acerca y te hace depositario de este tesoro al regalarte un hermoso momento de tradición oral… Ese fue el caso que me sucedió en el tramo de la carretera de Pueblo Juárez a Coquimatlán, específicamente a la altura del crucero de la comunidad Cruz de Piedra, cuando esperando la ruta se me acercó un señor ya entrado en años y me preguntó si yo era el que una tarde anterior había contado leyendas en la escuela primaria Cruz de Piedra. Yo le respondí que sí, y el me dijo que entonces para que yo tuviera más que contar, me iba a platicar una historia que muy pocos conocían del Indio Alonso. Y sin decir más, la comenzó a relatar. “Usted ha de conocer al Indio Alonso y sus andadas, sus aventuras y sus excesos, pues de él se han escrito muchas cosas, de su mentado tesoro ¡ni de diga!, y de su presunta afición por la brujería pues corren infinidad de leyendas, pero lo que pocos conocen es que él, un día hizo que se cimbrara el Palacio de Gobierno del Estado. ¡Así como lo oye!, y es que a pesar de que la historia nos dice que Alonso era muy buscado y que siempre se andaba escondiendo por los montes y los cerros, la verdad es que no era tanto así, porque hay gente que asegura que algunas tardes bajaba bien quitado de la pena en su cuaco, acompañado de su brazo derecho, un hombre de su entera confianza, a comer sopitos al jardín de La Villa, en donde siempre, se la pasaba mirando a las muchachas a ver cuál se robaba. Cuenta la gente que tanta era su desvergüenza, que una tarde el gobernador de Colima, ya muy enojado porque aquél se paseaba con tanta desfachatez por la ciudad y porque sus policías no lo podían capturar, ideó un plan para acabar de una vez por todas con el indio Alonso, que nada más lo estaba poniendo en vergüenza ante el pueblo de Colima, por lo que llamó a uno de sus hombres de mayor confianza y le dijo: -Ve a donde esté el Indio Alonso y habla con él, dile que estoy dispuesto a negociar, que no se le castigará ni a él ni a sus hombres si deponen las armas, pero que antes debe venir a platicar conmigo para acordar en qué condiciones será el acuerdo. Dile que lo espero el día de mañana en el palacio de gobierno, que puede venir con la entera confianza de que no intentaremos nada en contra de él, ¡dile que tiene mi palabra! Con esa encomienda partió el hombre aquel para el Cerro Grande, en donde se suponía que andaban Alonso y su gente. Pasando una y mil peripecias, aquel enviado del gobernador llegó ante el indio, a quien le dio el mensaje que le habían encomendado. Alonso lo escuchó atentamente, y después de un rato de dejarlo hablar, con desconfianza le preguntó de nuevo al emisario del gobierno: -¿Y qué me garantiza que no me queran atrapar los pelones cuando llegue al palacio? -¡La palabra del señor gobernador del estado! ¡Que no es poca cosa, sino la palabra de un hombre a carta cabal!. El Indio Alonso, lentamente, como “masticando” su respuesta, le contestó finalmente: -Dígale al señor gobernador que ahí estaré al mediodía, que confío en un palabra, y que por eso iré solo… Pero que no intente traicionarme porque si lo hace ¡les juro que se arrepentirá! -Así, en ese acuerdo quedaron aquellos hombres; y aunque los gavilleros del indio le decían que no confiara en las palabras del gobernador, que seguramente era un plan que tenía preparado para atraparlo, él sólo respondía: -No se preocupen… si intenta algo ¡no sabe la que le espera! Así, al día siguiente, el indio Alonso, montado en su enorme y bello cuaco atravesaba el centro de la ciudad de Colima ante la mirada atónita de los hombres y temerosa de las muchachas casaderas… Ante su paso, nomás se escuchaba el ruido de las herraduras del enorme potro color blanco, así, a paso lento y ante una multitud que se escondía a su trote, Alonso llegó a las purititas doce del día al palacio de gobierno. A su llegada, las puertas se abrieron de par en par, los dos guardias que cuidaban la puerta se hicieron un lado y lo dejaron entrar con todo y cuaco. ¡Nomás el puro resoplido del caballo y sus pasos al chocar con las baldosas del palacio, se escuchaban! De ahí en más, ¡todo estaba en absoluto silencio! El gobernador, controlando malamente sus nervios, desde el segundo piso lo miraba, pues ya lo estaba esperando, al verlo entrar, le dijo: -¡Qué bueno que viniste, Alonso!... Ya es hora de poner las cosas en su lugar. -Pa’ eso venimos! ¡Pa’ ponerlas donde deben estar! Respondió el indio. El gobernador siguió diciéndole: -¡Ya son muchos los dolores de cabeza que nos has dado! … y por lo visto ¡mis tropas no tienen pa cuando tomarte preso! Por ello ¡he decidido hacerlo yo mismo! Y diciendo esto, el gobernador ordenó: -¡Cierren las puertas! En ese preciso momento, decenas de soldados salieron de los cuartos en donde estaban escondidos dándole ‘cerrojazo’ a sus armas y rodeando al Indio Alonso y a su caballo, que nomás reparaba y relinchaba ¡bufando con espanto y coraje! … El gobernador ordenó a sus tropas: ¡Deténganlo!... ¡Lo quiero vivo! ¡pero si se resiste tiren a matar! Los militares trataron de acercarse al cuaco, pero el indio Alonso les gritó: ¡Si se acercan! ¡Haré que se caiga el palacio de gobierno y los aplaste a todos! ¡así que si quieren morir nomás atrévanse! Los militares no creyeron nada de lo que Alonso estaba diciendo, por lo que se fueron acercando más y más, hasta que en un instante el corcel del indio ¡pegó un salto y comenzó a pegar carrera dentro del palacio de una esquina a otra! Los militares trataban de apuntar sus armas al indio Alonso, pero era tan rápida la carrera que pegaba el caballo de un lado a otro, que era prácticamente imposible apuntarle bien.. A la segunda carrera que hizo el corcel, un leve movimiento se sintió en el palacio… Al llegar de nuevo a la esquina, el caballo comenzó a reparar y reparar. ¡por lo que los movimientos de las paredes y el piso se hicieron cada vez más y más fuertes! Los militares nomás se miraban entre ellos asustados y asombrados, mientras que el gobernador agarrado del pasamanos del segundo piso ¡nomás pelaba los ojotes, sorprendido, mientras era zangoloteado como mona vieja de basurero! El indio Alonso, echándose unas carcajadotas que retumbaban por todo el palacio, les gritaba: -¡Atrápenme, pues! ¡Aquí estoy! … ¡a ver si son tan machitos, bola de montoneros cobardes! … ¡Andele, gobernador! ¡Aquí estoy! ¡Venga por mi! Y así, mientras más corría y reparaba el caballo del indio , más fuerte era el temblor, tanto era así que la mayoría de militares ya estaban en el suelo con las armas regadas por todos lados… Al ver y sentir tan tremendo fenómeno, el gobernador casi llorando, gritó a los guardias: -¡Abran las puertas! ¡Dejen que se largue! ¡Que se vaya! Al abrirse las puertas, el temblor cesó, el potro del indio Alonso de tres saltos se fue para la calle, en donde las cosas parecían transcurrir como si nada hubiera pasado, como si ahí ¡jamás hubiera temblado! . Los soldados y el gobernador no atinaban aún a comprender que era lo que había sucedido y se miraban los unos a los otros, confundidos, mientras el indio Alonso se alejaba, lentamente, por las callejuelas empedradas de la ciudad, rumbo a La Villa, para de ahí tomar al Cerro Grande. Cuentan que después de retomar la calma, el gobernador ordenó a los soldados , so pena de cárcel o de fusilamiento, que nadie de los que vivieron este acontecimiento debería nunca comentar nada, que hicieran y consideraran que esto nunca ocurrió, ¡que jamás sucedió! Tal vez por eso la historia o algún libro no hace mención de esta anécdota del Indio Alonso. Sin embargo, no todos los militares ahí presentes cumplieron su palabra de guardar el secreto. Uno de ellos fue mi abuelo, quien ya de grande solía contarnos esta historia cuando íbamos a su rancho, y por la cara de espanto que ponía al relatarla, la verdad es que yo sí creo que sucedió. Al fin y al cabo ¿ no todos dicen que el Indio Alonso era brujo? Claudette Beal

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