lunes, 11 de junio de 2018

El Padre Elías de la Mora Es el barrio de la Sangre de Cristo sin lugar a dudas uno de los más conocidos, populares y con más sabor a esta tierra colimense. Son dos cuadras de variado comercio en donde usted puede comprar desde un reloj, una pitaya y una buena botella de vino, hasta una “china” de hojas de palma seca para protegerse de los aguaceros costeños que calman siempre la sed de esta tierra generosa. Una familia indudablemente estimada en el barrio y en Colima es la familia de la Mora. Miembro destacado fue Elías, primero comerciante en la Casa de la Mora y después ordenado sacerdote fue párroco durante muchos años del templo de la Sangre de Cristo. Amaba a los niños. Subió a decenas de ellos a su camioneta pickup y su gran gusto era pasearlos por la ciudad, o llevarlos a largas excursiones a ciudades como Guadalajara, Lagos de Moreno y a la mismísima capital a visitar a la Guadalupana. Cuando el padre Elías apretaba el acelerador, la sotana volaba por la velocidad que imprimía a su vehículo. Desafortunadamente enfermó de los nervios por el exceso de trabajo. La neurosis llegó a grado extremo y la jerarquía eclesiástica decidió internarlo en un sanatorio de Zapopan. Ingresó en los primeros días de un mes de septiembre. Era un lugar triste en donde nadie podía recuperar su libertad….pero el padre Elías sí pudo hacerlo. Así describe la huída su hermano el distinguido escrito, periodista y maestro colimense don Gabriel de la Mora: “El 16 de septiembre, día de la Independencia de México, durante el asueto matutino, a eso de las once horas cuando todo el mundo deambula en el espacioso patio posterior, ocurriósele al padre hacerla de Hidalgo. Convocó enardecido a los insurgentes. Magnéticamente atrajo a los orates con verbo de líder. Acto seguido fue poniendo uno a uno a gatas hasta formar una plataforma humana de cinco por cinco, en honor a las llagas de Cristo; encima otro cuadro entreverado de cuatro, porque fueron cuatro las apariciones guadalupanas; luego otro de tres por tres, Padre-Hijo-Espíritu Santo, para trepar ágilmente hasta la loma de la Santísima Trinidad y gritar vivas a México. Liberación…. La pirámide avanzó compacta. Ningún loco se zafaba, había conciencia cívica en todo, máxime que traían a Hidalgo a cuestas. Nunca un desfile del zócalo ha lucido superior o igual a esta pirámide de la libertad. Ni siquiera la caravana de los símbolos patrios tuvo un privilegio igual. A medio trayecto, el contingente acertó a rozar el linde de la barda trasera que daba a una casa particular. Al instante el padre de la Patria saltó a ella,. A horcajadas vio el interior y de un nuevo salto se puso en el patio. Fingió buscar algo. La dueña le gritó preguntando qué hacía y qué intenciones tenía. El clérigo contesta sereno, sonriente uncioso: “Soy el capellán de estos locos, que aventaron una pelota; ya la recogí y se la regresé. ¿Me permite salir por la puerta? Voy a celebrarles misa” La piadosa tapatía lo acompañó hasta la puerta. El padre Elías caminó por la banqueta en cuya acera encontró providencialmente recargada una bicicleta de carreras. Subir a ella y ganar el campeonato de su vida fue todo uno. Adentro siguió desfilando muy compacta la pirámide de la libertad… Desde principios de siglo existe la Parroquia de la Sangre de Cristo, con su única torre de escasa altura y muy parecida a las de la catedral tapatía. En los años cincuenta el templo fue reconstruido totalmente, y el padre Elías fue el gran artífice de la obra. El mismo doctor de la Mora nos describe la siguiente anécdota: Un día se le ocurrió al señor cura de la Sangre de Cristo mover la torre antigua para ampliar el perímetro del nuevo templo en construcción. ¿Cómo derribarla? Arrancar piedra tras piedra le pareció desesperante. Decidió mejor dinamitarla. Mandó hacer los barrenos, incrustó personalmente la dinamita, amechando la cartuchería y espero que oscureciera para contemplar el fogonazo. El crepúsculo comenzó a desvanecerse. La silueta del campanario se recortó por vez postrera con la firmeza de un condenado a muerte que de pie espera la descarga. Antes de la orden de fuego, el párroco llegó con un fotógrafo para que retratara el estallido. -A la una, a las dos y a las … ¡tres! – y presionó el deflagrador. El día del juicio final no producirá confusión como esta que volvió turumba el barrio. El anhelado fogonazo se vio. Efectivamente; pero le siguieron un trueno ensordecedor y una tenebrosidad espesa. Los escombros al caer cortaron los cables de la luz dejando a oscuras la zona militar y a la feligresía. La tierra se cimbró, haciendo que la gente se pusiera de rodillas y en cruz. Las campanas rodantes producían tañidos de occiso como lamentos de almas en pena. El chispear de las piedras semejaba un correr de calaveras. Los devotos no cesaban de encomendar sus almas hasta que la ululación de las ambulancias sosegaron los ánimos. Cuando llegaron los soldados nadie acertaba a encontrar la causa del desastre. ¿Bomba atómica? ¿Platillo volador? La Cruz Roja al único damnificado que encontró: era el fotógrafo que, al ver que la campana mayor caía precisamente sobre el tripié que sostenía la cámara y su vida, se desplomó sincopizado. El señor cura se volatizó. Nadie lo volvió a ver. Cuentan que por las noches ronda la cúpula de la Sangre de Cristo una sotana voladora con fuerte olor a dinamita”. El padre Elías de la Mora falleció en el año de 1980 en un accidente automovilístico. Sus restos reposan en el templo de la Sangre de Cristo. Allí miles de colimenses fueron a llorarle y a decirle adiós a un sacerdote que amó a su familia, a su tierra y a sus feligreses…. *Luces de mi Ciudad, Relatos. Hilario Cárdenas Jiménez. Primera Edición, Junio de 1984. ISBN 968-400-303-X. Costa-Amic Editores, S.A. Claudette Beal. June 11, 2018 at 01:31PM


Colima Antiguo https://ift.tt/2t3y3vY El Padre Elías de la Mora Es el barrio de la Sangre de Cristo sin lugar a dudas uno de los más conocidos, populares y con más sabor a esta tierra colimense. Son dos cuadras de variado comercio en donde usted puede comprar desde un reloj, una pitaya y una buena botella de vino, hasta una “china” de hojas de palma seca para protegerse de los aguaceros costeños que calman siempre la sed de esta tierra generosa. Una familia indudablemente estimada en el barrio y en Colima es la familia de la Mora. Miembro destacado fue Elías, primero comerciante en la Casa de la Mora y después ordenado sacerdote fue párroco durante muchos años del templo de la Sangre de Cristo. Amaba a los niños. Subió a decenas de ellos a su camioneta pickup y su gran gusto era pasearlos por la ciudad, o llevarlos a largas excursiones a ciudades como Guadalajara, Lagos de Moreno y a la mismísima capital a visitar a la Guadalupana. Cuando el padre Elías apretaba el acelerador, la sotana volaba por la velocidad que imprimía a su vehículo. Desafortunadamente enfermó de los nervios por el exceso de trabajo. La neurosis llegó a grado extremo y la jerarquía eclesiástica decidió internarlo en un sanatorio de Zapopan. Ingresó en los primeros días de un mes de septiembre. Era un lugar triste en donde nadie podía recuperar su libertad….pero el padre Elías sí pudo hacerlo. Así describe la huída su hermano el distinguido escrito, periodista y maestro colimense don Gabriel de la Mora: “El 16 de septiembre, día de la Independencia de México, durante el asueto matutino, a eso de las once horas cuando todo el mundo deambula en el espacioso patio posterior, ocurriósele al padre hacerla de Hidalgo. Convocó enardecido a los insurgentes. Magnéticamente atrajo a los orates con verbo de líder. Acto seguido fue poniendo uno a uno a gatas hasta formar una plataforma humana de cinco por cinco, en honor a las llagas de Cristo; encima otro cuadro entreverado de cuatro, porque fueron cuatro las apariciones guadalupanas; luego otro de tres por tres, Padre-Hijo-Espíritu Santo, para trepar ágilmente hasta la loma de la Santísima Trinidad y gritar vivas a México. Liberación…. La pirámide avanzó compacta. Ningún loco se zafaba, había conciencia cívica en todo, máxime que traían a Hidalgo a cuestas. Nunca un desfile del zócalo ha lucido superior o igual a esta pirámide de la libertad. Ni siquiera la caravana de los símbolos patrios tuvo un privilegio igual. A medio trayecto, el contingente acertó a rozar el linde de la barda trasera que daba a una casa particular. Al instante el padre de la Patria saltó a ella,. A horcajadas vio el interior y de un nuevo salto se puso en el patio. Fingió buscar algo. La dueña le gritó preguntando qué hacía y qué intenciones tenía. El clérigo contesta sereno, sonriente uncioso: “Soy el capellán de estos locos, que aventaron una pelota; ya la recogí y se la regresé. ¿Me permite salir por la puerta? Voy a celebrarles misa” La piadosa tapatía lo acompañó hasta la puerta. El padre Elías caminó por la banqueta en cuya acera encontró providencialmente recargada una bicicleta de carreras. Subir a ella y ganar el campeonato de su vida fue todo uno. Adentro siguió desfilando muy compacta la pirámide de la libertad… Desde principios de siglo existe la Parroquia de la Sangre de Cristo, con su única torre de escasa altura y muy parecida a las de la catedral tapatía. En los años cincuenta el templo fue reconstruido totalmente, y el padre Elías fue el gran artífice de la obra. El mismo doctor de la Mora nos describe la siguiente anécdota: Un día se le ocurrió al señor cura de la Sangre de Cristo mover la torre antigua para ampliar el perímetro del nuevo templo en construcción. ¿Cómo derribarla? Arrancar piedra tras piedra le pareció desesperante. Decidió mejor dinamitarla. Mandó hacer los barrenos, incrustó personalmente la dinamita, amechando la cartuchería y espero que oscureciera para contemplar el fogonazo. El crepúsculo comenzó a desvanecerse. La silueta del campanario se recortó por vez postrera con la firmeza de un condenado a muerte que de pie espera la descarga. Antes de la orden de fuego, el párroco llegó con un fotógrafo para que retratara el estallido. -A la una, a las dos y a las … ¡tres! – y presionó el deflagrador. El día del juicio final no producirá confusión como esta que volvió turumba el barrio. El anhelado fogonazo se vio. Efectivamente; pero le siguieron un trueno ensordecedor y una tenebrosidad espesa. Los escombros al caer cortaron los cables de la luz dejando a oscuras la zona militar y a la feligresía. La tierra se cimbró, haciendo que la gente se pusiera de rodillas y en cruz. Las campanas rodantes producían tañidos de occiso como lamentos de almas en pena. El chispear de las piedras semejaba un correr de calaveras. Los devotos no cesaban de encomendar sus almas hasta que la ululación de las ambulancias sosegaron los ánimos. Cuando llegaron los soldados nadie acertaba a encontrar la causa del desastre. ¿Bomba atómica? ¿Platillo volador? La Cruz Roja al único damnificado que encontró: era el fotógrafo que, al ver que la campana mayor caía precisamente sobre el tripié que sostenía la cámara y su vida, se desplomó sincopizado. El señor cura se volatizó. Nadie lo volvió a ver. Cuentan que por las noches ronda la cúpula de la Sangre de Cristo una sotana voladora con fuerte olor a dinamita”. El padre Elías de la Mora falleció en el año de 1980 en un accidente automovilístico. Sus restos reposan en el templo de la Sangre de Cristo. Allí miles de colimenses fueron a llorarle y a decirle adiós a un sacerdote que amó a su familia, a su tierra y a sus feligreses…. *Luces de mi Ciudad, Relatos. Hilario Cárdenas Jiménez. Primera Edición, Junio de 1984. ISBN 968-400-303-X. Costa-Amic Editores, S.A. Claudette Beal.

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