martes, 7 de agosto de 2018

LA ESCRITURA DEL DIABLO (LOS FANTASMAS DE COLIMA, Dr. Miguel Galindo, 1924) Verdaderamente sorprendentes son los fenómenos registrados hace poco más de un año en una casa de la calle Libertad, quizá lo más sorprendente entre los que pueden referirse en Colima, muy semejante a los que en Estado Unidos, en la casa de la familia Fox, dieron origen al incremento de espiritismo moderno. Estos fenómenos tienen en su abono el apoyo de la observación de gran número de personas, de los muchos días en que estuvieron presentándose y de la honorabilidad de quienes los observaron, y a mayor abundamiento, el criterio netamente católico de algunos de los observadores. Esto quiere decir que los fenómenos se verificaban con independencia de las opiniones particulares o los sentimientos religiosos de los que intervinieron en ellos para provocarlos y experimentarlos. La relación de ellos me fue hecha por mi estimado amigo, don Pedro Zamora, persona que por su carácter y por su edad está a salvo de cualesquiera imputaciones de impostura o superchería. Y fue lo primero, una lluvia de piedras que recibieron los habitantes de la citada casa un día, y otro y otro, hasta que se busco la causa de ello y se dio parte a la autoridad, interviniendo la policía para descubrir a los culpables. Nada se descubrió y no se consiguió otra cosa que hacer el escándalo relativo y dar origen a las versiones más o menos aventuradas y sospechosas de esto o de lo otro, que se fueron disipando a medida que pasaba el tiempo, hasta quedar en el olvido. No sucedió lo mismo con las personas que habitaban la casa, pues si bien es cierto que ya no recibieron lluvias de piedras, sí escuchaban con mucha frecuencia toques como de golpecitos dados en los muebles. Esto molestaba mucho, y como no se encontraba la causa de ello, se ocurrió pudiera ser alguna ánima de purgatorio que debía algo. De ahí que, una noche, poco después de acostarse, estando en una pieza dos personas, una señora ya entrada en años y una señorita joven todavía, al escucharse los toques, la señora tuvo la peregrina idea de decir en voz alta, a la vez que arrojaba un lienzo hacia la puerta de la recámara: “Si eres ánima y penas porque dejaste escondido algún tesoro, pon ese hilacho en el lugar donde está”. No bien había acabado de hablar la señora, el hilacho se levantó, pasó sobre la cama de la señora y cayó a media pieza, entre las dos camas. No había más que pedir, sino ponerse a la obra excavando el lugar señalado, para encontrar el tesoro escondido. Y pensándolo y haciéndolo. Por las noches se ponían a trabajar; pero a medida que se avanzaba, se escuchaban los toques, por lo que se les ocurrió preguntar si estaban excavando en el lugar conveniente rogando ánima les diera un toque en la pared, el suelo o algún mueble. El ánima no se hizo del rogar, sino que a la pregunta que se hacía hasta con cierto cariño: -¿Animita, vamos bien?- respondía con un golpecito. De esto a preguntar cosas distintas a las relacionadas con la excavación y la busca del tesoro, hay un paso, y así se hizo. Como el ánima contestara en ese lugar, se habló en otros y se vio que el ánima estaba presente en varias partes de la casa. Todo esto fue referido al señor Zamora, quien se trasladó al lugar y les dijo: -A ver, que me hable a mí el ánima. Poco después de llegar a la casa citada, se pasó hacia un patio y ahí preguntó en voz alta si el ánima quería hablar con él, rogándole que contestara con un toque. Este se escuchó inmediatamente en el muro. Entonces el señor Zamora le preguntó: -¿Amas a Jesucristo? Respondió afirmativamente el ruido de un golpe. -¿Amas a su santísima madre la Virgen María? De nuevo el ruido de un golpe. Así sucesivamente se contestaron muchas preguntas, habiendo algunas en las que permanecia silenciosa el ánima, con lo que quería contestar negativamente. Debe observarse, de paso, cosa muy importante que estos fenómenos se hacían más palpables en presencia de una señorita de la familia; pero sin que faltaran en su ausencia. Con lo anterior el señor Zamora consintió en ayudar a la excavación, y como estaba ya bastante avanzada, se introdujo una noche a ella; pero a poco se convenció de que la tierra en que operaba era un duro tepetate que no daba absolutamente señales de haberse recorrido alguna vez, y comenzó a dudar abandonando la obra a las manos de sus parientes que la habían iniciado. Pero muy poco después su esposa insistió en que volvieran a la casa de la excavación, anunciándole que el ánima no sólo hablaba con toques, sino también con gruñidos y poco faltaba para que pronunciara palabras, siendo lo más notable, que les ayudaba a remover la tierra. El señor Zamora nuevamente va, y dice: “A ver que me ayude a mí el ánima a sacar esa piedra”. Dijo esto refiriéndose a una piedra de regular tamaño y perfectamente empotrada en el duro tepetate, y mientras la señorita que gozaba de las preferentes atenciones del ánima, la invocaba con la mirada al cielo y diciéndole que ayudara a sacar la piedra, el señor Zamora fijaba atentamente la vista en ésta y estaba pendiente de cualquier movimiento de los circunstantes, que no podían absolutamente tocar la piedra, estando fuera del pozo, en tanto que el señor Zamora se encontraba dentro, esperando la ayuda del ánima. Poco a poco se escucharon rechinidos o gruñidos y la tierra que bordeaba la piedra comenzó a desmoronarse. Pasado algún tiempo, cesaron los ruidos y el desmoronamiento. Entonces el señor Zamora tomó la piedra que levantó con toda facilidad por estar completamente desprendida de la tierra que antes la tuviera tan bien fijada. Pero como el terreno estaba cada vez más compacto, la labor se tardaba, y en uno de los días siguientes observaron que, al vaciar un chiquihuite de tierra sacada del pozo, aparecían pedazos de tablas. Sabido esto por alguno de los parientes de la familia, el señor don Aurelio Quiroz que no hace mucho falleció, les dijo: “Voy a ver si también conmigo salen tablas” Se introdujo al pozo, llenó de tierra colada entre sus dedos el chiquihuite, y al vaciarle fuera del pozo, se le dijo: “Aquí están las tablas” Y, en efecto pedazos de tablas aparecían en el chiquihuite. En vista de esto, de lo profundo de la excavación, de las evidencias que tenía el terreno de no haberse removido nunca, el señor Zamora les dijo que todo aquello no podía ser otra cosa, sino actos del diablo, quien se había estado burlando de todos. Y sin más trámite, refirió los hechos al señor cura don Manuel Sánchez Ahumada, rogándole le aconsejara y ordenara lo que sería conveniente hacer en aquella casa. El señor cura don Manuel Sánchez Ahumada exhortó al señor Zamora para que no se anduviera ocupando esas prácticas que tenían el jaez de evocaciones al demonio, y fue a exorcizar la casa, advirtiendo que, a persar del exorsismo, si se seguía llamando al demonio, éste volvería. Con tal motivo, el señor Zamora se retiró de aquellas prácticas. Pero la fama de la casa encantada cundió entre personas que tenían alguna relación con ella, como fueron los dueños, y vecinos de Chinicuila y rancherías cercanas en donde aquéllos vivían. De ahí que hasta los campesinos de esos rumbos vinieran, y todos hablaran a quienes seguían tratando cariñosamente de “Animita” a falta de otro nombre. Alguien pretendió saber cómo se llamaba la “animita” y le preguntó su nombre; mas como no podía contestar sino con golpe afirmativo, el que preguntó comenzó por citar nombres, todos los que se le ocurrían, y la “animita” guardaba silencio. Se recordó que una de las muy antiguas propietarias de la casa se llamaba Pascuala, y al decir este nombre, un toque afirmativo indicó que Pascuala era el nombre de la “animita”. Como se siguió con el delirio del dinero y era desesperante el sistema de hablar de la ánima, se tomaron el acuerdo de ponerle en una mesa papel y lápiz, una noche, para ver si quería escribir. Se tuvo el cuidado de poner también un crucifijo en la mesa, para evitar que fuera el diablo quien escribía, y al día siguiente se encontró el papel escrito con letra mal hecha y como con mano temblorosa, y decía: “Escarben a la derecha –Pascuala” Todavía después se han manifestado fenómenos extraordinarios en la citada casa; pero pasada la novedad, el asunto ha perdido su importancia… Claudette August 07, 2018 at 01:42PM


Colima Antiguo https://ift.tt/2MrsOi1 LA ESCRITURA DEL DIABLO (LOS FANTASMAS DE COLIMA, Dr. Miguel Galindo, 1924) Verdaderamente sorprendentes son los fenómenos registrados hace poco más de un año en una casa de la calle Libertad, quizá lo más sorprendente entre los que pueden referirse en Colima, muy semejante a los que en Estado Unidos, en la casa de la familia Fox, dieron origen al incremento de espiritismo moderno. Estos fenómenos tienen en su abono el apoyo de la observación de gran número de personas, de los muchos días en que estuvieron presentándose y de la honorabilidad de quienes los observaron, y a mayor abundamiento, el criterio netamente católico de algunos de los observadores. Esto quiere decir que los fenómenos se verificaban con independencia de las opiniones particulares o los sentimientos religiosos de los que intervinieron en ellos para provocarlos y experimentarlos. La relación de ellos me fue hecha por mi estimado amigo, don Pedro Zamora, persona que por su carácter y por su edad está a salvo de cualesquiera imputaciones de impostura o superchería. Y fue lo primero, una lluvia de piedras que recibieron los habitantes de la citada casa un día, y otro y otro, hasta que se busco la causa de ello y se dio parte a la autoridad, interviniendo la policía para descubrir a los culpables. Nada se descubrió y no se consiguió otra cosa que hacer el escándalo relativo y dar origen a las versiones más o menos aventuradas y sospechosas de esto o de lo otro, que se fueron disipando a medida que pasaba el tiempo, hasta quedar en el olvido. No sucedió lo mismo con las personas que habitaban la casa, pues si bien es cierto que ya no recibieron lluvias de piedras, sí escuchaban con mucha frecuencia toques como de golpecitos dados en los muebles. Esto molestaba mucho, y como no se encontraba la causa de ello, se ocurrió pudiera ser alguna ánima de purgatorio que debía algo. De ahí que, una noche, poco después de acostarse, estando en una pieza dos personas, una señora ya entrada en años y una señorita joven todavía, al escucharse los toques, la señora tuvo la peregrina idea de decir en voz alta, a la vez que arrojaba un lienzo hacia la puerta de la recámara: “Si eres ánima y penas porque dejaste escondido algún tesoro, pon ese hilacho en el lugar donde está”. No bien había acabado de hablar la señora, el hilacho se levantó, pasó sobre la cama de la señora y cayó a media pieza, entre las dos camas. No había más que pedir, sino ponerse a la obra excavando el lugar señalado, para encontrar el tesoro escondido. Y pensándolo y haciéndolo. Por las noches se ponían a trabajar; pero a medida que se avanzaba, se escuchaban los toques, por lo que se les ocurrió preguntar si estaban excavando en el lugar conveniente rogando ánima les diera un toque en la pared, el suelo o algún mueble. El ánima no se hizo del rogar, sino que a la pregunta que se hacía hasta con cierto cariño: -¿Animita, vamos bien?- respondía con un golpecito. De esto a preguntar cosas distintas a las relacionadas con la excavación y la busca del tesoro, hay un paso, y así se hizo. Como el ánima contestara en ese lugar, se habló en otros y se vio que el ánima estaba presente en varias partes de la casa. Todo esto fue referido al señor Zamora, quien se trasladó al lugar y les dijo: -A ver, que me hable a mí el ánima. Poco después de llegar a la casa citada, se pasó hacia un patio y ahí preguntó en voz alta si el ánima quería hablar con él, rogándole que contestara con un toque. Este se escuchó inmediatamente en el muro. Entonces el señor Zamora le preguntó: -¿Amas a Jesucristo? Respondió afirmativamente el ruido de un golpe. -¿Amas a su santísima madre la Virgen María? De nuevo el ruido de un golpe. Así sucesivamente se contestaron muchas preguntas, habiendo algunas en las que permanecia silenciosa el ánima, con lo que quería contestar negativamente. Debe observarse, de paso, cosa muy importante que estos fenómenos se hacían más palpables en presencia de una señorita de la familia; pero sin que faltaran en su ausencia. Con lo anterior el señor Zamora consintió en ayudar a la excavación, y como estaba ya bastante avanzada, se introdujo una noche a ella; pero a poco se convenció de que la tierra en que operaba era un duro tepetate que no daba absolutamente señales de haberse recorrido alguna vez, y comenzó a dudar abandonando la obra a las manos de sus parientes que la habían iniciado. Pero muy poco después su esposa insistió en que volvieran a la casa de la excavación, anunciándole que el ánima no sólo hablaba con toques, sino también con gruñidos y poco faltaba para que pronunciara palabras, siendo lo más notable, que les ayudaba a remover la tierra. El señor Zamora nuevamente va, y dice: “A ver que me ayude a mí el ánima a sacar esa piedra”. Dijo esto refiriéndose a una piedra de regular tamaño y perfectamente empotrada en el duro tepetate, y mientras la señorita que gozaba de las preferentes atenciones del ánima, la invocaba con la mirada al cielo y diciéndole que ayudara a sacar la piedra, el señor Zamora fijaba atentamente la vista en ésta y estaba pendiente de cualquier movimiento de los circunstantes, que no podían absolutamente tocar la piedra, estando fuera del pozo, en tanto que el señor Zamora se encontraba dentro, esperando la ayuda del ánima. Poco a poco se escucharon rechinidos o gruñidos y la tierra que bordeaba la piedra comenzó a desmoronarse. Pasado algún tiempo, cesaron los ruidos y el desmoronamiento. Entonces el señor Zamora tomó la piedra que levantó con toda facilidad por estar completamente desprendida de la tierra que antes la tuviera tan bien fijada. Pero como el terreno estaba cada vez más compacto, la labor se tardaba, y en uno de los días siguientes observaron que, al vaciar un chiquihuite de tierra sacada del pozo, aparecían pedazos de tablas. Sabido esto por alguno de los parientes de la familia, el señor don Aurelio Quiroz que no hace mucho falleció, les dijo: “Voy a ver si también conmigo salen tablas” Se introdujo al pozo, llenó de tierra colada entre sus dedos el chiquihuite, y al vaciarle fuera del pozo, se le dijo: “Aquí están las tablas” Y, en efecto pedazos de tablas aparecían en el chiquihuite. En vista de esto, de lo profundo de la excavación, de las evidencias que tenía el terreno de no haberse removido nunca, el señor Zamora les dijo que todo aquello no podía ser otra cosa, sino actos del diablo, quien se había estado burlando de todos. Y sin más trámite, refirió los hechos al señor cura don Manuel Sánchez Ahumada, rogándole le aconsejara y ordenara lo que sería conveniente hacer en aquella casa. El señor cura don Manuel Sánchez Ahumada exhortó al señor Zamora para que no se anduviera ocupando esas prácticas que tenían el jaez de evocaciones al demonio, y fue a exorcizar la casa, advirtiendo que, a persar del exorsismo, si se seguía llamando al demonio, éste volvería. Con tal motivo, el señor Zamora se retiró de aquellas prácticas. Pero la fama de la casa encantada cundió entre personas que tenían alguna relación con ella, como fueron los dueños, y vecinos de Chinicuila y rancherías cercanas en donde aquéllos vivían. De ahí que hasta los campesinos de esos rumbos vinieran, y todos hablaran a quienes seguían tratando cariñosamente de “Animita” a falta de otro nombre. Alguien pretendió saber cómo se llamaba la “animita” y le preguntó su nombre; mas como no podía contestar sino con golpe afirmativo, el que preguntó comenzó por citar nombres, todos los que se le ocurrían, y la “animita” guardaba silencio. Se recordó que una de las muy antiguas propietarias de la casa se llamaba Pascuala, y al decir este nombre, un toque afirmativo indicó que Pascuala era el nombre de la “animita”. Como se siguió con el delirio del dinero y era desesperante el sistema de hablar de la ánima, se tomaron el acuerdo de ponerle en una mesa papel y lápiz, una noche, para ver si quería escribir. Se tuvo el cuidado de poner también un crucifijo en la mesa, para evitar que fuera el diablo quien escribía, y al día siguiente se encontró el papel escrito con letra mal hecha y como con mano temblorosa, y decía: “Escarben a la derecha –Pascuala” Todavía después se han manifestado fenómenos extraordinarios en la citada casa; pero pasada la novedad, el asunto ha perdido su importancia… Claudette

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