lunes, 17 de septiembre de 2018

LA TRISTEZA DE LA PIEDRA LISA. Manuel Sánchez Silva. Viñetas de la Provincia. Atardecía. En la quietud de la hora, propicia a las evocaciones y a las confi dencias, la Piedra Lisa recortaba en el horizonte campirano su fi gura desperfi lada y tosca. A lo lejos, un grupo de conscriptos apachucados turbaba el silencio con los toques y redobles de clarines desafi nados y tambores operados bajo el lacio ramaje de los sabinos melancólicos. El paisaje, como una coqueta otoñal, se maquillaba con las policromías evanescentes del crepúsculo. —Estoy aburrida –comenzó diciendo la Piedra Lisa, entre dos bostezos–. Terriblemente aburrida. Hoy no han venido muchachos traviesos que me distraigan con su algarabía, ni enamorados que me diviertan con sus gestos desmayados y sus juramentos de azúcar candy. Ni siquiera seminaristas, que me hacen tanta gracia. —¿Por qué? –pregunté sorprendido. —¡Hombre!, por esa gravedad taciturna que los caracteriza y que contrasta con su edad. ¡Como si la alegría juvenil estuviera reñida con el estudio de la teología! Además, todos usan corbata, prenda anacrónica que apenas se concibe en “Mis Kikis”, que tan apegado es a las tradiciones de la indumentaria. ¿Usted conoce a Mis Kikis? —¡Cómo no voy a conocer a Enrique Schmidt! A veces también trae chaleco. —¡El mismo! –y volvió a bostezar. —Dígame una cosa, señora Piedra Lisa. ¿Qué edad tiene usted? Siempre me ha interesado ese detalle. ¡Las cosas que habrá visto...! —Oiga usted, no tengo la menor idea. He pasado tanto tiempo en este lugar, desempeñando a fuerza un papel que no me corresponde, que ya perdí la mayor parte de mis recuerdos. Además, tengo muy mala memoria. Una auténtica memoria de piedra. Tampoco podría decirle si soy de origen astral, venida en calidad de aerolito o simplemente un canto rodado. Sería mejor que le preguntara al profesor Aniceto Castellanos, que se ha especializado en cosas del pasado. Lo único que puedo asegurarle es que soy vieja, muy vieja. Mucho más aún que algunas “niñas viejas” que todavía se sienten casaderas. —Entonces, usted podría resolver una cuestión que ha apasionado a historiadores y literatos. ¿Cuándo se fundó Colima? Nunca han podido ponerse de acuerdo sobre la fecha exacta. —Ni se pondrán, porque a los hombres les gusta complicarse la existencia. Siempre quieren saber el por qué, el cuándo y el cómo de las cosas que no tienen importancia, desentendiéndose de las que son verdaderamente trascendentales. Yo no me acuerdo de lo que me pregunta. Ya le dije que tengo mala memoria, pero si supiera tampoco lo diría. ¿Para qué? —¿Cómo para qué? –protesté escandalizado–. Para precisar de una vez por todas algo tan importante como es el día en que se fundó nuestra ciudad. Hay una diferencia de 15 ó 20 años entre lo que aseguran nuestros hombres de estudio. —¡Palabras! Ustedes, los hombres, están enfermos de palabras. Hablan demasiado, por eso incurren en tantos errores y resultan insoportables. Dentro del infinito del tiempo, ¿qué signifi cación tienen 15 ó 20 años? ¿Qué benefi cio o malestar puede derivarse de que se determine o no semejante detalle? Nada gana la humanidad con saber que Roma fue fundada por Rómulo y Remo 753 años antes de Jesucristo y destruida por Nerón y Tigelino el 13 de julio del año 64. Un huevo que incuba o una semilla que germina tienen mayor importancia. —¡Un momento, por favor! ¿Cómo se entiende que usted recuerde cronología de la historia romana con la exactitud de un coleccionador de catástrofes y no sepa lo que presenció por sí misma? —Muy sencillo. Hace algunos días le escuché esos datos al profesor Macedo y el recuerdo está fresco. —¿El profesor Macedo daba alguna conferencia al aire libre, como Epicuro? —No. Hablaba solo. Parece que preparaba un discurso para después “improvisarlo”, como hacen todos los oradores espontáneos. —En fin, usted no sabe. —Ya le dije que no –y soltó el cuarto bostezo. Empezaba a caer la noche. A través de las sombras incipientes se advertían las siluetas de los conscriptos, que regresaban al cuartel en un desfi le fantasmagórico, y el follaje de los árboles adquiría proporciones absurdas. Un gran silencio nos envolvía. —Me parece que lo estoy defraudando –comentó la Piedra Lisa–, usted quería saber cosas que aparte de no recordarlas, me fastidia hablar de ellas. En cambio, hay un pasado reciente que me gusta evocar, porque lo considero como uno de los períodos más felices. Se vivía despacio, pero se vivía mejor. Me refi ero al último tercio del siglo pasado y a los primeros diez años del actual. ¡Qué tiempos aquellos! Recuerdo perfectamente las “tardeadas” que los colimotes celebraban en torno a mi mole, y las alegres “jamaicas o kermesses”, los inocentes y movidos juegos de estrado y todas aquellas diversiones ingenuas que hacían feliz a la gente de entonces. Los domingos eran los grandes días. Desde muy temprano empezaba a llegar a pie y a caballo una multitud de charritos pintorescos de ajustadas chaquetas, sombreros galoneados y pantalones como trabucos. Las señoritas venían en coches, chispas, calesas, landóes y carretelas, luciendo sus gráciles fi guras bajo enormes sombreros adornados con fl ores y con plumas de animales preciosos. Saltaban a tierra ágilmente, cimbrando su cintura de avispa y mostrando, al correr jubilosas, las botitas de charol y, acaso, un poco de torneada pantorrilla cubierta por media de popotillo. Bajo la vigilante mirada de las buenas mamás se organizaban los grupos juveniles, y mientras en unos se jugaba a las “Charadas animadas” y el “Júntate con dos”, en otros se contaba el argumento de “La gallina ciega”, del “Chin chun chan” y del “Anillo de hierro”, mientras allá se escuchaba el rasgueo de alguna guitarra llorona, acompañando las lánguidas canciones de Arcadio Zúñiga y Tejeda. Al pardear la tarde, los grupos se juntaban para la merienda de sabroso atole de tamarindo o de cascarilla, con tamales calientitos de pollo y de picadillo, incidente aprovechado como magnífico pretexto por las parejas de enamorados, para estrecharse las manos, cambiar miradas de almibarada ternura y decirse al oído las eternas tonterías: —¿Me quieres? —Te adoro, ¿y tú? —Yo más. —No. —Sí. —No, yo más.” La interrupción de algún familiar o amigo desconectaba el “switch” del idilio monosilábico, y los tórtolos seguían engulliendo su atole ya frío y natudo. —Créame usted –continuó diciendo la Piedra Lisa, que se había estado exaltando constantemente–, las gentes de ahora no saben divertirse. He notado que las mujeres pierden cada día algo de su feminidad, de su dulzura, de su condición esencial, asumiendo gestos y posturas masculinas. Fuman y beben con la misma naturalidad de un marino en puerto de desembarco, sostienen la igualdad de los derechos manejando un tractor con más facilidad que una aguja de bordar, ven a los hombres cara a cara, con cierta fijeza provocativa que tienen algo de impudor, y hablan de feminismo, de vanguardia, de sexto sentido, de tercera dimensión, de psicoanálisis, de socialismo y de materialismo histórico. De todo, menos de catecismo. Y los hombres... ¡Uf, los hombres! Muy inteligentes, muy cultos, muy engreídos por sus conquistas científi cas, pero perfectamente nulos para entender el verdadero sentido de la vida. Hace 50 años, para ir a México se empleaban de 20 a 25 días de incómoda y trepidante diligencia; ahora se hacen tres horas en avión. Entonces la gente moría de “dolor de costado”, hoy se practica la apendicectomía en ocho minutos y no se muere... mas que al que le toca. Hasta el descubrimiento de las sulfamidas y de la penicilina, las infecciones eran la antesala del camposanto, ahora los antibióticos permiten tomar impunemente hasta el agua de la llave. Estos éxitos han envanecido al hombre hasta convencerlo de que realmente es un ser superior. Y lo cree, no porque lo diga el Génesis, sino por que está seguro de su petulante talento. Ha dominado el aire, el mar y la tierra, y ha puesto a su servicio las fuerzas de la naturaleza. Pero ha perdido para siempre su sosiego, su tranquilidad y su esperanza. Con todo su poder se siente cada vez más indefenso, y con toda su fuerza resulta más débil que un niño desvalido. Para confi ar en sí, tiene que embriagarse; para reír, se ve precisado a recurrir a Cantinfl as; para experimentar caridad, tiene que perder su fortuna y empezar por tenerse piedad a sí mismo; para querer, tiene que buscar a la doble de Ingrid Bergman o de Rita Hayworth; y para llorar... ya no sabe llorar, ni aunque le extraigan un diente sin anestesia: el desarrollo de su inteligencia lo ha hecho suspicaz, egoísta, cauto, comodino y concupiscente; ha sacrificado en el altar de sus triunfos científicos, la alegría de sentir, dar, querer y vivir. Las últimas palabras pronunciadas por la Piedra Lisa las dijo con un tono tan bajo y lleno de congoja, que apenas me fueron perceptibles, gracias al silencio imperante. Se había hecho de noche y las estrellas cintilaban como diamantes engastados en un crespón de luto. El aire olía a mar lejano. —Me ha impresionado usted, señora –le dije todavía–, pero quisiera rogarle una última confidencia: ¿Por qué me decía usted al principio de nuestra conversación que estaba desempeñando un papel que no le correspondía? —Pues precisamente por lo que acabo de decirle. Fui feliz mientras se me consideró como un motivo decorativo de la ciudad, cuyos habitantes acostumbraban a venir en busca de solaz y distracción. Formaba parte de la tradición romántica de Colima. Decíase que el forastero que se “resbalara en la Piedra Lisa” ya no volvía a los patrios lares, pues se incorporaba a la vida colimota. Me endurecí y me hice vieja en medio de las costumbres lugareñas llenas de inquietud y de buena fe. Ahora me han abandonado. Las gentes actuales nunca tienen tiempo para nada. Ni para morirse a gusto. Estoy viviendo los años más desagradables de mi existencia milenaria y me siento horriblemente vieja y aburrida. De ves en cuando me visitan chiquillos mal educados, más duchos en apedrearse que en persignarse, nanas desaprensivas y cacahuateros propagadores de tifoidea. Pero las señoritas y los jóvenes nunca vienen. No tienen tiempo. Ellas están muy ocupadas jugando canasta uruguaya o hablando de feminismo y ellos se encuentran absorbidos por la vorágine de sus negocios, de sus ambiciones ilimitadas, de sus combinaciones económicas. O bien curándose la úlcera duodenal, que es el precio de la vida intensa y la marca del siglo... Cuando me despedí, las luciérnagas perforaban la obscuridad de la noche con sus palpitaciones luminosas. El viento musicaba los ramajes de los viejos sabinos y arriba, en la comba ennegrecida del cielo, la Cruz del Sur se elevaba imponente y fúlgida, sobre la ciudad enfebrecida por la vanidad de las mujeres y la ambición de los hombres. September 17, 2018 at 03:13PM


Colima Antiguo https://ift.tt/2pfeVt6 LA TRISTEZA DE LA PIEDRA LISA. Manuel Sánchez Silva. Viñetas de la Provincia. Atardecía. En la quietud de la hora, propicia a las evocaciones y a las confi dencias, la Piedra Lisa recortaba en el horizonte campirano su fi gura desperfi lada y tosca. A lo lejos, un grupo de conscriptos apachucados turbaba el silencio con los toques y redobles de clarines desafi nados y tambores operados bajo el lacio ramaje de los sabinos melancólicos. El paisaje, como una coqueta otoñal, se maquillaba con las policromías evanescentes del crepúsculo. —Estoy aburrida –comenzó diciendo la Piedra Lisa, entre dos bostezos–. Terriblemente aburrida. Hoy no han venido muchachos traviesos que me distraigan con su algarabía, ni enamorados que me diviertan con sus gestos desmayados y sus juramentos de azúcar candy. Ni siquiera seminaristas, que me hacen tanta gracia. —¿Por qué? –pregunté sorprendido. —¡Hombre!, por esa gravedad taciturna que los caracteriza y que contrasta con su edad. ¡Como si la alegría juvenil estuviera reñida con el estudio de la teología! Además, todos usan corbata, prenda anacrónica que apenas se concibe en “Mis Kikis”, que tan apegado es a las tradiciones de la indumentaria. ¿Usted conoce a Mis Kikis? —¡Cómo no voy a conocer a Enrique Schmidt! A veces también trae chaleco. —¡El mismo! –y volvió a bostezar. —Dígame una cosa, señora Piedra Lisa. ¿Qué edad tiene usted? Siempre me ha interesado ese detalle. ¡Las cosas que habrá visto...! —Oiga usted, no tengo la menor idea. He pasado tanto tiempo en este lugar, desempeñando a fuerza un papel que no me corresponde, que ya perdí la mayor parte de mis recuerdos. Además, tengo muy mala memoria. Una auténtica memoria de piedra. Tampoco podría decirle si soy de origen astral, venida en calidad de aerolito o simplemente un canto rodado. Sería mejor que le preguntara al profesor Aniceto Castellanos, que se ha especializado en cosas del pasado. Lo único que puedo asegurarle es que soy vieja, muy vieja. Mucho más aún que algunas “niñas viejas” que todavía se sienten casaderas. —Entonces, usted podría resolver una cuestión que ha apasionado a historiadores y literatos. ¿Cuándo se fundó Colima? Nunca han podido ponerse de acuerdo sobre la fecha exacta. —Ni se pondrán, porque a los hombres les gusta complicarse la existencia. Siempre quieren saber el por qué, el cuándo y el cómo de las cosas que no tienen importancia, desentendiéndose de las que son verdaderamente trascendentales. Yo no me acuerdo de lo que me pregunta. Ya le dije que tengo mala memoria, pero si supiera tampoco lo diría. ¿Para qué? —¿Cómo para qué? –protesté escandalizado–. Para precisar de una vez por todas algo tan importante como es el día en que se fundó nuestra ciudad. Hay una diferencia de 15 ó 20 años entre lo que aseguran nuestros hombres de estudio. —¡Palabras! Ustedes, los hombres, están enfermos de palabras. Hablan demasiado, por eso incurren en tantos errores y resultan insoportables. Dentro del infinito del tiempo, ¿qué signifi cación tienen 15 ó 20 años? ¿Qué benefi cio o malestar puede derivarse de que se determine o no semejante detalle? Nada gana la humanidad con saber que Roma fue fundada por Rómulo y Remo 753 años antes de Jesucristo y destruida por Nerón y Tigelino el 13 de julio del año 64. Un huevo que incuba o una semilla que germina tienen mayor importancia. —¡Un momento, por favor! ¿Cómo se entiende que usted recuerde cronología de la historia romana con la exactitud de un coleccionador de catástrofes y no sepa lo que presenció por sí misma? —Muy sencillo. Hace algunos días le escuché esos datos al profesor Macedo y el recuerdo está fresco. —¿El profesor Macedo daba alguna conferencia al aire libre, como Epicuro? —No. Hablaba solo. Parece que preparaba un discurso para después “improvisarlo”, como hacen todos los oradores espontáneos. —En fin, usted no sabe. —Ya le dije que no –y soltó el cuarto bostezo. Empezaba a caer la noche. A través de las sombras incipientes se advertían las siluetas de los conscriptos, que regresaban al cuartel en un desfi le fantasmagórico, y el follaje de los árboles adquiría proporciones absurdas. Un gran silencio nos envolvía. —Me parece que lo estoy defraudando –comentó la Piedra Lisa–, usted quería saber cosas que aparte de no recordarlas, me fastidia hablar de ellas. En cambio, hay un pasado reciente que me gusta evocar, porque lo considero como uno de los períodos más felices. Se vivía despacio, pero se vivía mejor. Me refi ero al último tercio del siglo pasado y a los primeros diez años del actual. ¡Qué tiempos aquellos! Recuerdo perfectamente las “tardeadas” que los colimotes celebraban en torno a mi mole, y las alegres “jamaicas o kermesses”, los inocentes y movidos juegos de estrado y todas aquellas diversiones ingenuas que hacían feliz a la gente de entonces. Los domingos eran los grandes días. Desde muy temprano empezaba a llegar a pie y a caballo una multitud de charritos pintorescos de ajustadas chaquetas, sombreros galoneados y pantalones como trabucos. Las señoritas venían en coches, chispas, calesas, landóes y carretelas, luciendo sus gráciles fi guras bajo enormes sombreros adornados con fl ores y con plumas de animales preciosos. Saltaban a tierra ágilmente, cimbrando su cintura de avispa y mostrando, al correr jubilosas, las botitas de charol y, acaso, un poco de torneada pantorrilla cubierta por media de popotillo. Bajo la vigilante mirada de las buenas mamás se organizaban los grupos juveniles, y mientras en unos se jugaba a las “Charadas animadas” y el “Júntate con dos”, en otros se contaba el argumento de “La gallina ciega”, del “Chin chun chan” y del “Anillo de hierro”, mientras allá se escuchaba el rasgueo de alguna guitarra llorona, acompañando las lánguidas canciones de Arcadio Zúñiga y Tejeda. Al pardear la tarde, los grupos se juntaban para la merienda de sabroso atole de tamarindo o de cascarilla, con tamales calientitos de pollo y de picadillo, incidente aprovechado como magnífico pretexto por las parejas de enamorados, para estrecharse las manos, cambiar miradas de almibarada ternura y decirse al oído las eternas tonterías: —¿Me quieres? —Te adoro, ¿y tú? —Yo más. —No. —Sí. —No, yo más.” La interrupción de algún familiar o amigo desconectaba el “switch” del idilio monosilábico, y los tórtolos seguían engulliendo su atole ya frío y natudo. —Créame usted –continuó diciendo la Piedra Lisa, que se había estado exaltando constantemente–, las gentes de ahora no saben divertirse. He notado que las mujeres pierden cada día algo de su feminidad, de su dulzura, de su condición esencial, asumiendo gestos y posturas masculinas. Fuman y beben con la misma naturalidad de un marino en puerto de desembarco, sostienen la igualdad de los derechos manejando un tractor con más facilidad que una aguja de bordar, ven a los hombres cara a cara, con cierta fijeza provocativa que tienen algo de impudor, y hablan de feminismo, de vanguardia, de sexto sentido, de tercera dimensión, de psicoanálisis, de socialismo y de materialismo histórico. De todo, menos de catecismo. Y los hombres... ¡Uf, los hombres! Muy inteligentes, muy cultos, muy engreídos por sus conquistas científi cas, pero perfectamente nulos para entender el verdadero sentido de la vida. Hace 50 años, para ir a México se empleaban de 20 a 25 días de incómoda y trepidante diligencia; ahora se hacen tres horas en avión. Entonces la gente moría de “dolor de costado”, hoy se practica la apendicectomía en ocho minutos y no se muere... mas que al que le toca. Hasta el descubrimiento de las sulfamidas y de la penicilina, las infecciones eran la antesala del camposanto, ahora los antibióticos permiten tomar impunemente hasta el agua de la llave. Estos éxitos han envanecido al hombre hasta convencerlo de que realmente es un ser superior. Y lo cree, no porque lo diga el Génesis, sino por que está seguro de su petulante talento. Ha dominado el aire, el mar y la tierra, y ha puesto a su servicio las fuerzas de la naturaleza. Pero ha perdido para siempre su sosiego, su tranquilidad y su esperanza. Con todo su poder se siente cada vez más indefenso, y con toda su fuerza resulta más débil que un niño desvalido. Para confi ar en sí, tiene que embriagarse; para reír, se ve precisado a recurrir a Cantinfl as; para experimentar caridad, tiene que perder su fortuna y empezar por tenerse piedad a sí mismo; para querer, tiene que buscar a la doble de Ingrid Bergman o de Rita Hayworth; y para llorar... ya no sabe llorar, ni aunque le extraigan un diente sin anestesia: el desarrollo de su inteligencia lo ha hecho suspicaz, egoísta, cauto, comodino y concupiscente; ha sacrificado en el altar de sus triunfos científicos, la alegría de sentir, dar, querer y vivir. Las últimas palabras pronunciadas por la Piedra Lisa las dijo con un tono tan bajo y lleno de congoja, que apenas me fueron perceptibles, gracias al silencio imperante. Se había hecho de noche y las estrellas cintilaban como diamantes engastados en un crespón de luto. El aire olía a mar lejano. —Me ha impresionado usted, señora –le dije todavía–, pero quisiera rogarle una última confidencia: ¿Por qué me decía usted al principio de nuestra conversación que estaba desempeñando un papel que no le correspondía? —Pues precisamente por lo que acabo de decirle. Fui feliz mientras se me consideró como un motivo decorativo de la ciudad, cuyos habitantes acostumbraban a venir en busca de solaz y distracción. Formaba parte de la tradición romántica de Colima. Decíase que el forastero que se “resbalara en la Piedra Lisa” ya no volvía a los patrios lares, pues se incorporaba a la vida colimota. Me endurecí y me hice vieja en medio de las costumbres lugareñas llenas de inquietud y de buena fe. Ahora me han abandonado. Las gentes actuales nunca tienen tiempo para nada. Ni para morirse a gusto. Estoy viviendo los años más desagradables de mi existencia milenaria y me siento horriblemente vieja y aburrida. De ves en cuando me visitan chiquillos mal educados, más duchos en apedrearse que en persignarse, nanas desaprensivas y cacahuateros propagadores de tifoidea. Pero las señoritas y los jóvenes nunca vienen. No tienen tiempo. Ellas están muy ocupadas jugando canasta uruguaya o hablando de feminismo y ellos se encuentran absorbidos por la vorágine de sus negocios, de sus ambiciones ilimitadas, de sus combinaciones económicas. O bien curándose la úlcera duodenal, que es el precio de la vida intensa y la marca del siglo... Cuando me despedí, las luciérnagas perforaban la obscuridad de la noche con sus palpitaciones luminosas. El viento musicaba los ramajes de los viejos sabinos y arriba, en la comba ennegrecida del cielo, la Cruz del Sur se elevaba imponente y fúlgida, sobre la ciudad enfebrecida por la vanidad de las mujeres y la ambición de los hombres.

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